miércoles, 8 de abril de 2020

Semana poco santa y (des) obediencia


SEMANA POCO SANTA y (des) OBEDIENCIA

Sesenta años atrás la Semana Santa era una festividad que involucraba solo a la comunidad católica. No eran vacaciones ni fiestas. Espiritualmente significaba la resurrección de Jesucristo, la que se celebraba con grandes procesiones (que todavía lucen en España y otros lugares). Con la democratización del turismo y la secularización, conejos y huevos de chocolate dieron pie a reuniones, juegos y paseos. En suma, los mercados encontraron otras formas rentables y coloridas de festejar el renacer primaveral (en el hemisferio norte). Hoy, el drama del coronavirus y la cuarentena parecen incapaces de controlar el apetecido “escape vacacional”. A pesar de los aeropuertos cerrados y los toques de queda, no faltan los “pillos” dispuestos a todo con tal de ir a la playa, al campo o a juntarse con los amigos.   

La astucia chilensis

Chilito enfrenta la paradoja de ciudadanos que desean estar en sus casas versus otros  que solo anhelan “arrancar”. Aquí no hay buenos ni villanos. De todos los sectores sociales (aunque sea en bicicleta), aparecerán los “ingeniosos” que saldrán a buscar “huevitos de chocolate” a varios kilómetros de sus hogares. El “chamullo” para cualquier barrera que los frene será algo parecido a: “¿Sabe usted quién soy yo?”, “Mi tío es general de Carabineros”, “Pero si yo vivo en la playa!. Mi señora sacó la patente en Santiago ¡Mujeres!”, “¡Soy asesora de un diputado de Valparaíso!”, “¿Qué virus? ¡Yo no veo fake news!”, “¡Nunca me enfermo! ¡No es pa’taaaanto!, “¿Hasta cuándo reprimen al pueblo, mierdas?”, “Mi pasaporte es…¡El que no salta es Mañalich!”.

Culpemos a Foucault…

El actuar en una pandemia como algo que nos afecta a todos es difícil. En las actuales sociedades globales, la libertad individual está santificada. Cada cual busca su metro cuadrado y obedecer leyes o normas se considera de “imbéciles”. Muchos entienden la empatía como “ponerse los zapatos que más me convienen” y ni hablemos de consideración al prójimo o la compasión, conceptos con un tufillo demasiado religioso.  

Si bien la ausencia de Dios la podríamos adjudicar a Nietzsche, dejemos que la repugnancia a la disciplina y al orden nos hablen a través del filósofo francés, Michel Foucault. El describió a la sociedad industrial de post-guerra como una estructura jerárquica, donde poderes invisibles ejerce dispositivos de disciplina y control. En sus libros “Disciplina y Castigo”, “Historia de la Sexualidad”, “Locura y Civilización” postuló que las fábrica, las escuelas, universidades, iglesias, regimientos y manicomios eran muy parecidos a las cárceles. La autoridad ejercida por el gerente, el confesor, el jefe y los terapeutas presionan la conducta de los individuos para convertirlos en ladrillos que calcen en el muro (como la canción de Pink Floid). El francés compartía con Nietzsche la idea de los valores relativos. Por ejemplo, el violar y matar (si el poder así lo quiere) podrían no ser “malos”. En este caso, los Nazis desde su posición invasora y represiva, obligaron a la población a “considerar normal” la eliminación de los judíos.

De esta forma, la libertad, el desobedecer y “dejar la grande” pasaron a ser una muestra de individualidad, de “ser único”.

¿Opción por la mano dura?

El tema de la cuarentena voluntaria (o de bajo castigo) pone en relevancia la capacidad ciudadana de asumir responsabilidades. En New York se rieron de las normas y salieron a los carnavales de Saint Patrick. Hoy, ya vemos los resultados. En California, todavía hay gente que insiste en ir a la playa. En el otro extremo, la BBC calificó a Hungría como “el primer país en perder su democracia por culpa del coronavirus”. El parlamento aprobó una polémica ley que otorga al presidente poderes extraordinarios por tiempo indefinido. Además, permite castigar a los medios que “alarmen demasiado” sobre la pandemia. En Filipinas, el mandatario autorizó al ejército “disparar a matar” a quienes infrinjan el toque de queda.

¿En qué quedamos entonces? ¿Seremos capaces de auto-disciplina? ¿Estamos deseosos de mano dura? ¿A quién vamos a culpar ahora?

 (María del Pilar Clemente B.)  

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