miércoles, 21 de abril de 2021

Tiempos Paralelos en Los Andes


 

Era febrero y la pandemia era un mito al acecho. Estábamos en Chile con mi gringo y él deseaba aventurarse por los serpenteos curvos del Paso Los Libertadores. Disfrutaríamos un fin de semana en Mendoza. Sonaba el concierto de Aranjuez en la radio del Toyota y dejé que mis sentidos se calibraran con la música. Estábamos ingresando al  tramo más importante para mí: el comprendido entre la ciudad de Los Andes y Río Blanco. En 1970, esa ruta había sido parte de mi cotidiano infantil. Fue solo un año. Uno, pero bastó para que los nogales floridos de Saladillo me enseñaran los colores secretos de la montaña. Fue un año marcado por un destino fatal. Dejamos atrás la bahía llorosa de Arauco y nos asentamos en los dominios ancestrales del cóndor. Mi padre permutó los laberintos subterráneos de la Compañía Carbonífera Lota-Schwager por las vetas rojas de la Anaconda Copper Mining.

Poco a poco, los terrenos agrícolas se fueron angostando y el auto subió por la suave pendiente del principio. Habían más edificaciones, torres eléctricas y graffitis que en los 70’s, pero la grandiosidad escénica era la misma. Las sombras  cortadas a filo, los cactus trepando entre rocas y abajo, las espumas del río, saltando y formando meandros como si los siglos no existieran. Abrí la  ventanilla del Toyota y aspiré el aire seco de la tarde. Me vi junto a mi hermana en el bus escolar que nos llevaba todos los días desde Saladillo, el campamento, hasta la plaza de armas de Los Andes. De allí, las niñas caminábamos hasta el María Auxiliadora y los muchachos, hasta el Instituto Chacabuco.

Abajo, el viento acariciaba las plumas de las plantas acuáticas que bordeaban el río. Reconocí el perfume a hierba campestre y presentí el zumbido de los insectos. Al igual que ayer, noté el dibujo del ferrocarril Trasandino, la misma trocha por la que ingresaron mi padre y su primo. Los visualicé en un vagón barato, soñando con su futuro de inmigrantes en Chile. Ambos se enamoraron de la cordillera. La abuela Ángeles eran de los Pirineos. Murió en su pueblo natal, agotada por el hambre y la pulmonía, cuando buscaron refugio ante la guerra fratricida que azotaba Barcelona y al resto de España.  

El fantasma del tren me saludó en los faldeos desnudos. Me pareció ver a mi padre, joven y sonriente, incapaz de imaginar que retornaría por su pasos hacia este paisaje, que lo despediría de la vida. Tampoco sospechaba que al llegar a Santiago, alojaría en la misma pensión del Cerro Santa Lucía, donde mi mamá había llegado después de pelearse con mis abuelos. Allí se conocerían, allí nacería el amor y se irían al sur.

Al doblar una curva, nos topamos con el monumento al Salto del Soldado. En este hito de cemento (hoy, pintado de color turquesa), yo siempre buscaba al jinete en su caballo, describiendo un arco en el aire hasta alcanzar el borde opuesto.  Luego, venía la iglesia de piedra, los puentes (que ya no eran colgantes) y los caseríos de Río Blanco. Al pasar la Planta Eléctrica comprobé con asombro que el cartel de la antigua Hostería La Luna, seguía allí, oxidado, descolorido, ausente. Era el paseo dominical, el almuerzo y el desafío juvenil de zambullirse en las aguas de vertiente que colmaban aquella piscina colgante. La luna lucía clara a las cinco de la tarde, llamando a la noche con la demora de una mujer coqueta. Otra curva más y desaparecieron las bañistas del ayer.  

Otro cartel, moderno y verde, indicaba el desvío a Saladillo. Elevé la vista hacia el invisible camino minero, la espiral angosta donde el jeep que transportaba a mi papá y a otro ingeniero se despeñó al vacío, abrazado por la neblina de un invierno blanco. Los tiempos se unieron en uno solo. Abajo, mi papá ingresando feliz al país. En los faldeos, cantando zarzuelas antes de irse a trabajar y arriba, volando hacia el alma universal.

El desvío quedó atrás y seguimos hacia Los Libertadores. Un cóndor apareció en el cielo dibujando círculos. Me pregunté si los nogales de Saladillo seguirían floreciendo  o ya los habrían cortado.

(María del Pilar Clemente B.)