viernes, 10 de abril de 2020

Jesucristo, la película y dos adolescentes



JESUCRISTO, LA PELÍCULA Y DOS ADOLESCENTES

 

La película Jesucristo Superstar llegó a Chile en 1975. la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber estaba causando furor en los teatros de USA desde 1970 pero el aislamiento geográfico y el reciente régimen militar, atrasaron el arribo del filme a las salas. La tímida difusión del musical (un género al que pocos apostaban en Chile) competía con “Música Libre”, el programa televisivo top de la época. Yo no pude ir al estreno porque fue calificada para mayores de 14 años. Con curiosidad, observé que amistades veinteañeras vibraban con esta audaz propuesta, capaz de mezclar el ayer bíblico con la actualidad. Por ejemplo, un primo se dedicó a pintar retratos de Cristo y otros conocidos viajaron al Valle de Elqui, en busca de la “Era de Acuario”. Todos inspirados por la película.

Las monjas modernas del colegio comenzaron a utilizar las canciones y hasta fotos  para las clases de religión. Me sorprendió gratamente esa forma de proponer a un Jesús cercano, predicando entre tanques, metralletas y aviones. Además, los diálogos planteaban preguntas audaces: “¿Jesús, quién eres tú? ¿Cuál es tu sacrificio?”. Hay una defensa también de Judas. Por supuesto, esta versión no gustó a quienes preferían situar a Cristo en una lejana cruz.  

Fanatismo y fantasía

Como la película duró bastante en cartelera, mi amiga Irenka y yo fuimos al cine apenas tuvimos edad. ¡El deslumbre fue total!. Nos quedamos al rotativo y regresamos unas quince veces.  El guion nos gatilló emociones en diversos planos. Por un lado, la figura humana, valiente y divina de Jesús, esas provocaciones frente al mal, la felicidad-triste de la última cena, las dudas de Getsemaní, la angustia de los apóstoles y el amor de Magdalena (debía ser fácil enamorarse de Jesús). Tradujimos las canciones y bailarlas nos daba la sensación de unir el pasado con el presente. Nos volvimos hinchas de los actores Ted Neeley, Carl Anderson e Yvonne Elliman. Íbamos a ferias artesanales y a la tienda “Village” en búsqueda de afiches, faldas y bisutería que evocaran al musical.  

A Irenka le regalaron el Long Play doble de la ópera rock y un libro de fotos (después me lo regalaría y todavía lo conservo). Nos disfrazábamos de diversos roles. Un blusón blanco y una barba pintada con corcho quemado me convertía en Jesús. Con un  chaleco negro y un rallador de zanahorias era Anás o Caifás. Cuando encontré la pulsera tipo serpiente de la esposa de Pilatos, le quité el rol favorito a mi amiga, la que se había cansado de hacer de Magdalena. Buscando a quién más imitar, fui también una rubia de pelo largo que baila en las ruinas de un templo romano. ¡A ese nivel llegamos!

Locaciones y telenovela

Irenka vivía en la Villa Olímpica, en Ñuñoa. Desde su balcón podíamos disfrutar de la “puesta de sol mágica”. La llamábamos así porque había un terreno eriazo que con los colores naranjos del atardecer, nos trasladaba al desierto del Neguev. También nos dio por buscar locaciones para sacarnos fotos (algo que nunca hicimos.). Recuerdo que nos encantaron las columnas tipo griega que habían en la rotonda Atenas, pero fueron retiradas en alguna remodelación (¿Qué habrá sido de ellas?).

En el colegio inventábamos capítulos de una telenovela que comenzaba frente a nuestro balcón de la Villa Olímpica. A un deportivo convertible rojo se le reventaba un neumático y al bajar, nos encontrábamos con los actores Ted Neeley y Barry Dennen (para entonces, Pilatos era mi elegido) que paseaban de incógnito en Chile. Por supuesto, andaban buscando actrices. Después de un culebrón de peripecias, nos invitaban a Israel para filmar  la segunda parte de Jesucristo Superstar. Venían también otros musicales inspirados en Ben Hur y Quo Vadis. ¡Éramos estrellas antes de los treinta años!.

Un luminoso paréntesis

Cuando nos graduamos del colegio, aquella conexión tan íntima con la  película se diluyó. Las joyitas, ropas y afiches fueron quedando atrás. El disco fue reemplazado por cassettes de otros grupos de moda. De repente, en Semana Santa nos llamábamos para avisarnos que en la tele iban a dar la ópera rock. En alguna conversación prometimos visitar las locaciones reales en Israel, pero ahí quedó el proyecto. Los laberintos de nuestras vidas nos llevaron a experiencias muy diferentes a un Hollywood de neón.  

Reflexionado, siento que esa intensa época entre  los 14 a los 17 nos dejó una dulzura en el alma. Entre tanto rock, canciones, personajes, actuaciones, poemas y el esbozo de los primeros amores, visualizamos al propio Jesús escondido detrás del director Norman Jewison. Un legado que solo en la adultez pudimos comprender.

(María del Pilar Clemente B)

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