lunes, 20 de abril de 2020

Luis Sepúlveda, lo que aprendí de ti


LUIS  SEPÚLVEDA, LO QUE APRENDÍ DE TI

Ha muerto en España el escritor chileno Luis Sepúlveda. Una víctima más del Covid-19. La noticia me conmueve de manera especial. Justo este verano (meses antes de la pandemia) encontré el libro “El viejo que leía novelas de amor”, su primera obra literaria. Estaba olvidado en el ático de mi hermana. Era el mismo ejemplar gastado que habíamos leído con tanto gusto treinta años atrás. Entonces, ella soñaba con navegar en el río Amazonas. Yo no tanto. Las escenas horrendas de los monitos atacando a los gringos y de las pirañas, me causaban cierta desconfianza.

 La novela fue publicada en 1989, pero llegó a mis manos en 1990. Era una época especial. La opción “No” había ganado el Plebiscito de 1988. Contra todo pronóstico, el régimen militar de Pinochet había aceptado el retorno a la democracia. El clima político y ciudadano de esas primeras elecciones fue luminoso como una feliz luna de miel.  Aquel año 1990 se había iniciado muy prometedor para mí. Pude cumplir mi sueño de viajar durante tres meses por Europa y visitar a mis tíos de Barcelona y Bilbao. Además, estaba de novia con un copiapino y pronto me iría a radicar al desierto de Atacama. También, estaba asesorando en comunicaciones a uno de aquellos “recién horneados” parlamentarios de la zona. Entonces, me topé con una entrevista a Luis Sepúlveda. Su obra “El viejo que leía novelas de amor” había ganado un importante premio y era un éxito editorial. Decían que describía de un modo diferente la selva del Amazonas. Corrí a comprarla. Fue la última década de gloria para los libros de papel, considerando que el hábito de la lectura ya iba en baja.

La naturaleza como protagonista

Era una edición delgada, con una colorida portada tropical (hoy un tanto arrugada). La historia de Antonio José Bolívar Proaño, su llegada a un imaginario pueblo del Amazonas y su encuentro con un dentista fluvial (atendía en el recorrido de un barco) me subyugó. En especial porque Bolívar era un cazador retirado y que en sus “años dorados” prefería leer llorosos romances. A su alrededor, pululaba una fauna humana de baja estofa. Estaban dispuestos a todo para robar cualquier riqueza a la selva. Para ellos, los animales salvajes y los indígenas eran un obstáculo. Por cierto, ninguno leía, actividad considerada “de poco macho”.  Se parecía un poco al clásico “La Vorágine” del colombiano José Eustacio Rivera, que había leído en el colegio. En ella, los villanos eran los explotadores del caucho. El clamor de Sepúlveda por las ocultas bellezas naturales, calzaba con la emergente ecología de 1990. Motivada, yo escribiría una serie de crónicas en el diario Atacama, tituladas “Avanzando hacia la ecología”. Con ellas ganaría el premio Oxígeno 1994, otorgado por la USACH al periodismo ambiental.

La Patagonia y el desierto de Atacama

Cuando ya estaba viviendo en Atacama, otro chileno, Luis Rivera Letelier lanzó “La Reina Isabel bailaba Rancheras”, la primera de una saga de novelas ambientadas en las salitreras de la pampa. En paralelo, Luis Sepúlveda publicaría “Patagonia express”. Ambos autores reflejaban la humildad de los “anti-fama”, de intelectuales lejos de las élites y de la televisión. El viajar a visitar los pueblos fantasmas de las salitreras y a la Patagonia se puso de moda. Gracias a Luis Rivera y a Sepúlveda, aprendí a valorar la esencia de Atacama. Valoré las montañas minerales, el legado arqueológico, sus leyendas y la cultura local, temas con los que me lancé a la literatura. Por eso, no puedo dejar de pasar la ocasión de rendir un homenaje a Luis Sepúlveda. Le agradezco la felicidad que me causó conocer su obra. Al acercarme a la edad de su personaje, Antonio José Bolívar Proaño, comprendo que el alma ancestral de la naturaleza es como una novela de amor que tenemos el deber de descifrar. ¡Gracias por tus letras!

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