martes, 9 de marzo de 2021

Jenni Rivera, Tragedia y Machismo

 

Esfuerzo, sobrevivencia, talento. Palabras que describen a la malograda cantante de rancheras, Jenni Rivera. Nacida en Long Beach, California, su vida fue una mezcla de éxitos profesionales y amores tormentosos, siempre bajo la amenaza de perder a sus cinco hijos. Madre soltera a los quince años, no tardó en convertirse en un ícono de la hembra Latina, capaz de sonreír y cantar, aunque el dolor carcoma el alma. Admirada por las mujeres, deseada por los hombres, falleció en diciembre del 2012 a los cuarenta y tres años. El desplome del avión privado que la conducía desde Monterrey a ciudad de México detuvo su corazón, pero la despertó en el mito popular. Hoy, la animita que recuerda el sitio el accidente, cuenta  con flores, juguetes y mariposas, símbolo de su transformación de víctima a triunfadora.

Como si sospechara su prematuro fin, la cantautora dedicó años a escribir su autobiografía titulada: “Inquebrantable: Mi historia, a mi manera”, la que fue publicada póstumamente en el 2013. El libro es la base de la serie realizada por Telemundo y que hoy circula en Netflix, “Mariposa de barrio”, canción donde ella resumió su áspero camino entre el dulzor y la amargura. 

Familia ejemplar, pero…

Los padres de Dolores Janney Rivera se criaron en México, en las zonas agrícolas de Sonora y Jalisco. Pedro Rivera tenía dieciséis años y Rosa Saavedra, quince cuando se casaron. En 1968 emigraron a California donde nació Jenni, la tercera de seis retoños. Pedro y Rosa unieron su talento musical y su capacidad de trabajar duro para instalar una tienda de discos y cassettes, la que evolucionó a “Cintas Acuario”. Al estudio llegaban los aspirantes a “reyes de la ranchera” para grabar sus “demos”. El servicio incluia la promoción en las radios, revistas y festivales hispanos en los Estados Unidos, además de la frontera y el norte mexicano.

Desde niña, Jenni demostró facilidad para cantar y componer. Sin embargo, una mala experiencia en un concurso infantil, le creó inseguridad. Así, sus talentosos hermanos Lupillo, Juan y Gustavo se lanzaron con gran éxito en el mercado Latino. Eran tiempos en que las rancheras competían armoniosamente con el furor de las salsas centroamericanas. Entre 1980 y el 2000, el negocio discográfico todavía era rentable, abundante de fans y compradores.   

El freno del machismo

A los quince años Jenni quedó embarazada. Fue presionada por su novio José Trinidad Marín, quien era un veinteañero poco educado y dominante. Pese a que ella no quería seguir en la relacion, su propia madre la obligó a irse a vivir a la casa del novio. Para Rosa, la llegada de un hijo obligaba al matrimonio. Desde 1984 hasta 1992 Jenni vivió una pesadilla con “Trini”. Los celos, la violencia doméstica y las apasionadas reconciliaciones estaban a la orden del día. Pese a su depresión, la joven se las arregló para trabajar, estudiar y diplomarse como administradora de empresas. Cuando intentó suicidarse, los Rivera la apoyaron para que dejara a su esposo. Libre y tranquila, logró certificarse como corredora de propiedades. Le fue bien  y pudo comprarse una casa modesta. Empeñado en subirle el ánimo, Pedro Rivera la impulsó a grabar un disco y a cantar en los festivales locales. Su estilo gustó, pues tenía carisma con el público. Lamentablemente, se topó con la barrera de los “machos rancheros”. Las féminas que deseaban cantar en vivo debían tener más belleza que voz. Sufrió humillaciones y fue tratada de “gorda”. Estuvo a punto de rendirse, pero sus hermanos se turnaron para protegerla y aplaudirla. 

Pese a los cuidados, una noche fue violada a la salida de uno de los clubes en los que cantaba. Ocurrió justo cuando “Trino” la amenazaba con quitarle a sus hijos. Según el ex marido, ser cantante era lo mismo que ser prostituta. Temerosa de que los tribunales le dieran la razón a José Trinidad, guardó silencio. Además, tenía miedo de que su segundo cónyuge, Juan López, la culpara de provocar el ataque sexual. Del tema habló por primera vez durante una entrevista que le hizo Don Francisco en Miami, en el 2001. Esa terrible experiencia inicia su libro de memorias.   

Dejó de cantar

1997 fue un pésimo año para su vida personal. En medio de las peleas con su primer esposo e infidelidades del segundo, su hermana Rosa y sus dos hijas le confesaron haber sido abusadas por José Trinidad. La denuncia policial fue ratificada por los médicos forenses. Esta cruda realidad dividió a la familia. Algunos miembros se negaban a creer en las niñas. El acusado se escapó a México y recién pudo ser encarcelado en el 2007 (le dieron 31 años).

Golpeada en lo más profundo, Jenni abandonó el canto cuando sus éxitos “La Chacalosa” y “Las Malandrinas” subían en popularidad hasta ser nominada al Premio Latin Grammy en el 2002. Ambas canciones (de las que ella era autora) buscaban empoderar a la mujer en un mundo masculino. Después de dos años, impulsada por los Rivera, retornó a los escenarios. Desde entonces, solo éxitos se sumaron en su carrera. Se casó por tercera vez, pero emocionalmente ya estaba herida. En el fondo, ninguna de sus parejas la aceptó como mujer fuerte y luchadora. Por eso, hasta su muerte, Jenni apoyó a organizaciones contra la violencia doméstica. Su hermana Rosa estudió leyes para defender a las mujeres del siglo XXI. Quedó en el legado de una soñadora. 

(María del Pilar Clemente B.)

 

 

 


martes, 2 de febrero de 2021

Voces y Diarios que Extrañaremos

 

Hace poco falleció Manola Robles, una de las periodistas chilenas más conocidas en la Radio Cooperativa. En su homenaje, varios apelaron a la importancia de la radiofonía durante la dictadura militar y su aporte como eje cultural e integrador de los países. Días atrás, el mundo periodístico fue sacudido por los despidos masivos y el cierre de las versiones impresas de La Cuarta y las revistas Paula y Más Deco. Broche final a la continua desaparición de radios y medios impresos. 

Desde los inicios de internet, la agonía de los llamados “medios tradicionales”  se aceleró en todo el mundo. El decline de la radio ya había comenzado un par de décadas atrás, con el auge de la televisión, los video-clubs, multi-salas de cine y el Tv-cable. En cuanto a los impresos, la pérdida de interés en la lectura (libros, diarios y revistas) se reflejaba en la entretención infantil, donde “la tele de dormitorio” y los  nacientes video-games ocupaban el espacio antes destinados a juegos y libros. De hecho, el miedo al silencio y la incapacidad de concentración, marcharon a la par de una postmodernidad ruidosa, plena de pantallas y celulares.

La agonía de medios consolidados era algo inimaginable por los habitantes de los años 1935 a 1970. Menos se pensaba que  el fenómeno afectaría a las salas de cine y a la gran reina indiscutible: la televisión abierta.

Noticias de tinta y papel

A fines de los 30’s, las radios, revistas y diarios dominaban el panorama noticioso, cultural y la diversión. El auge de las radioemisoras, con sus auditorios, concursos de talentos, teatros y liderazgo en los gustos musicales, ya había afectado la antigua costumbre familiar de comprar hasta cuatro periódicos al día. En Chile (solo por mencionar un par de ejemplos), El Mercurio tenía su versión vespertina llamada Las Últimas Noticias y si era necesario, generaba La Segunda de las Últimas Noticias. Al existente diario La Hora, se sumó La Tercera de la Hora, y luego, La Cuarta. En los grandes talleres, las prensas rotaban sin descanso, mientras equipos de reporteros y fotógrafos salían a cubrir todo tipo de frentes. Las “copuchas” noctámbulas, se recogían en bares, teatros, bambalinas y hasta en la Morgue. El contar con un sólido equipo de “sabuesos noticiosos” era un bien apetecido por todos los medios. Durante los años 50’s, radios y periódicos poseían un numeroso personal. Exigían que más carreras universitarias y técnicas reemplazaran el llamado “estilo bohemio” por uno profesional y de calidad.

Las editoriales Zigzag y Lord Cochrane no daban abasto con sus libros y revistas. El Peneca, Ritmo y Mampato abarcaban el público juvenil, mientras que Ecran se mantenía como favorita por los amantes del cine. Todas las publicaciones soñaban con el éxito de su “maestra”, la Topace, un barómetro político que nunca pudo ser sustituido. En 1967, Paula salía a circulación con temas feministas, causando escándalo con reportajes a las pastillas anticonceptivas, problemas laborales de la mujer y crónicas de humor anti-machista, firmadas por la desconocida Isabel Allende.

Durante 1970, la Editorial Quimantú promovió la venta de libros de bolsillo a bajos precios “para que el pueblo no se quedara sin leer”. Entonces, era común que las personas comentaran las mismas noticias, deportes, reportajes, novelas y películas en las oficinas, fábricas, universidades, estadios, plazas y escuelas.  

Sueños universitarios

En 1980, cuando ingresé a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, el gremio vivía horas oscuras. Había escasa libertad de prensa, reporteros desaparecidos y otros en el exilio. Desde la catacumbas emergían revistas alternativas, donde era común trabajar gratis o por un sueldo mínimo, con tal de informar lo que el régimen ocultaba. Las radios, por su rapidez técnica, llevaban la delantera. Es ahí donde emergieron voces como las de Manola Robles. Todavía era normal “enamorarse” o sentirse acompañado por una simple voz. Ya no estaban en el aire las tramas y el humor de “Hogar, dulce hogar”, “Residencial La Pichanga” y “La Bandita de Firulete”, pero eran un recuerdo auditivo presente. Los romances de “Memorias de un Espejo” y los horrores de “Lo que cuenta el viento” o “El doctor Mortis” circulaban en las conversaciones dominicales. Comentarios periodísticos como los de Luis Hernández Parker y Mario Gómez López eran muy escuchados.

Las radios Minería, Agricultura, Chilena, Cooperativa, Nacional, Yungay y otras nuevas, como La Ciudad y los Conquistadores, se peleaban por las voces de Petronio Romo, Sergio Livingstone, Alodia Corral, Julio Martínez, Pedro y Santiago Pavlovic, Cecilia Rovaretti, Carmen Puelma y muchísimos más. Algunos, se desempeñaban en la televisión, pero a todos nos bastaba con imaginarlos.  

Los diarios, ejes tecnológicos

Curiosamente, los diarios fueron los primeros en adaptarse a las nuevas tecnologías. A mediados de los 80’s, El Mercurio ofrecía cursos de computación para atraer estudiantes a la práctica profesional. De hecho, la tesis sobre computadoras en línea y su influencia en el quehacer periodístico, de Colombia Ramírez, Mónica Rojas y Gonzalo Becerra, se transformó en un “best-seller” universitario. El reemplazar a las máquinas de escribir y dotar los talleres de impresoras Offset, era un gran salto a la modernidad.    

Por otro lado, El diario La Tercera tuvo la osadía de cambiar sus instalaciones a un sector alejado del centro urbano. Similares pasos tomó El Mercurio. Estos hechos provocaron grandes polémicas. Se suponía que los medios debían estar lo más cerca del corazón político, económico y cultural urbano. Con la nueva tecnología (sumado el celular básico), el estar lejos ya no significaba llegar tarde a la hora de cierre.   

Desde los 90’s y hasta inicios del siglo XXI, algunos diarios vivieron su último despegue, cubriendo las telenovelas, los reality shows y los matinales televisivos. Así, en los veranos, era común leer la chismografía del Festival de Viña del Mar en Las Últimas Noticias y en La Cuarta.

Cuando dejamos de leer

En ese mismo período, las cifras de lectores disminuyeron dramáticamente. La televisión digital, los canales internacionales, los sistemas “pay per view” y los DVD, afectaron el interés por los libros. En las escuelas, las versiones resumidas fueron la tónica. La radiofonía local fue fagocitada por grandes consorcios y los equipos de periodistas se eliminaron. Previo a internet, alguna emisoras dieron la batalla con programas en directo, como el Rumpi y su “Chacotero sentimental”, los hits tropicales de Willy Sabor y la pulserita mágica de Omar Gárate. Pese a todos los esfuerzos, desde el año 2007 la fuerza de la globalización digital cambió el modelo comunicacional.

¿Qué lloramos hoy? Sospecho que es la  pérdida de costumbres, como el escuchar y ver en grupo un mismo programa. Notamos la ausencia de kioscos con diarios y revistas, las llamadas telefónicas a las radios, el ritmo más lento, el hojear un libro junto a un café, comentar con los amigos, compartir un almuerzo sin celulares. Hoy, la muerte de periodistas como Manola Robles y el cierre de diarios impresos, nos aleja de una cultura, de una forma de ser y de sentir.  El futuro nos dirá si fue para bien o para mal.

(María del Pilar Clemente B.)


domingo, 3 de enero de 2021

¡Feliz Baño Nuevoooo!

 

Doy la bienvenida al 2021 con esta frase humorística de “Condorito”. En la legendaria historieta chilena, la expresión era un juego de palabras que celebraba un baño remodelado. Claro, eran tiempos donde pocos destinaban presupuesto familiar para embellecer el “rincón del pensador”. Lo recordé porque anoche tuve un raro sueño. Me encontraba en un edificio público  de estilo colonial (muros de cal blanca, arcos y tejas de greda). Era una soleada mañana y se estaba celebrando un evento vecinal. A juzgar por la alegría de quienes desayunaban en las mesas de mantel blanco, se trataba de algo muy positivo. En vez de sumarme al cafecito colectivo, caminé por un corredor hasta el baño, situado frente una pérgola de rosales trepadores. Era un sitio inmaculado, pródigo en espejos, grifos brillantes y mosaicos andaluces.  Como las culturas ancestrales sugieren poner atención a lo que soñamos durante los primeros días del año, me propuse indagar en sus posibles significados.

Suciedad y pureza

Los cuartos de baño reflejan nuestra faceta orgánica-animal, aquella que mencionamos con palabrotas y chistes de mal gusto. No es romántico imaginar al Príncipe Azul o a la Dulcinea  sentados en el retrete (palabra catalana que significa “lugar retirado”, al que se acudía para “abonar la tierra”). La mayoría prefiere hacer las necesidades corporales en soledad, aunque dicen que el ex presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson (reemplazante del asesinado JF Kennedy) adoraba dictar notas o dar audiencias, mientras ocupaba el inodoro (¡¡Puf!!)

El baño es también símbolo de pureza e higiene. Resume el proceso de “civilizarnos” a través de duchas, afeitado, lociones, peinado y maquillaje. Centurias atrás, cualquier vasija bajo la cama era suficiente para “vaciar las tripas”. El contenido se arrojaba por la ventana o iba al huerto doméstico. Para lavarse, se utilizaban palanganas con agua o se visitaba el río cercano (el mismo donde se lavaba la ropa). Algunas familias acomodadas se remojaban en la tina una o dos veces al año (El día del casamiento era fijo, ya saben…). Hierbas aromáticas, pelucas y perfumes compensaban los malos olores. De hecho, se asociaba el exceso de aseo con enfermedades (¡¡Plop!!).

Solo desde fines del siglo XIX el cuarto de baño salió de lo público y se sumó a la arquitectura privada de las viviendas, hecho favorecido por la construcción de alcantarillados y servicios de agua potable. Pasó de ser la “casita” del patio (plena de moscas) a uno de los lugares favoritos en el imaginario popular. Hoy, suele ser escenario de tórridas pasiones, asesinatos y escondites en miles de películas y novelas. El “lavabo”, “toilette” o “restroom” es foco de fenómenos sociales, como las colas para ingresar al baño femenino y las ánimas penando en el de varones.  Es tema noticioso, en debates sobre uso de baños mixtos o delimitados por géneros. Los restaurantes juegan con creativos logos en las puertas para “Ladies” y “Gentlemen”. Confesiones, llantos y negocios pueden ocurrir entre azulejos y urinarios. Los eventos catastróficos y la pandemia han dejado en claro que el papel higiénico es tan esencial como los alimentos (ya nadie se conforma con trozos de diario u hojas de choclo). Sin duda,  el baño y la cocina son los lugares más ocupados en cualquier oficina, comercio u hogar.

Reflejo cultural

De ser un sitio innombrable, pasó a ser un destacado en la decoración y factor clave en la compra de casa o departamento. Caribeños y árabes coinciden en diseñar baños inspirados en fantasías: Mosaicos, espejos, juegos de agua,  enchapados en oro, vapores, saunas, hidromasajes e infinitos jabones, champú, cremas, lociones y perfumes. Un glamour al que pocos tienen acceso, aunque también se encuentra la aspiración opuesta. En escuelas y universidades suelen transformarse en “diarios populares”, plenos de grafitis, obscenidades, declaraciones de amor, consignas políticas e inodoros quebrados. Al respecto,  Jorge Toro, ex rector del Instituto Nacional, declaró que era muy triste invertir millones en remodelar los baños del colegio, puesto que los alumnos los destruían en menos de una semana. Argumentaban que no les gustaba su aspecto de shopping mall.

Bellos o feos, lo cierto es que nadie sueña con limpiar el baño, pero la vida se encarga de ponernos de rodillas a escobillar el “trono”. Castigo para unos, sacrificio para otros, en toda familia alguien hace el “trabajo sucio”. Al igual que nuestros pensamientos, es imposible disfrutar de una tina caliente si no desinfectamos antes.

¿Cómo está tu baño?

El estado anímico de los dueños de casa, la prosperidad y los ideales del bien común se reflejan en los baños. Quizás, ese fue el mensaje de mi sueño. El  2021 puede traer la semilla de algo positivo, un desayuno colectivo, sin máscaras y abundantes sonrisas. Agradezcamos los rayos solares que nos alumbran; agradezcamos un día más de vida. La incertidumbre nos ha golpeado con fuerza, pero aun podemos mirarnos al espejo, lavarnos la cara y mostrarnos tal como somos, sin disfraz.  ¡Pongamos la mesa para construir el 2021!.

(Por María del Pilar Clemente B.)

 


martes, 17 de noviembre de 2020

EL AGUA MÁGICA DE MI INFANCIA




El agua humedeció con su lenguaje sinuoso mis primeras palabras. Fue en  el sur,  en Lota, un pueblo manchado de hollín, azotado por la lluvia y cruzado por las venas subterráneas del carbón. La rítmica voz del agua golpeaba los cristales de mi ventana. Podía pasar horas viendo cómo las melódicas gotitas se transformaban en lágrimas, mientras afuera, el viento doblegaba los grandes eucaliptos de la quebrada. 

El agua me saludaba con distintas voces. Jugaba con ella en la tina del baño y se escapaba por la manguera sucia, regando el huerto de mi madre. En las playas, el canto de las olas mezclaba  espuma felina y sal. Mi punto favorito era el cristal donde  la arena se fundía con los escalones acuáticos que llevaban hacia un horizonte azul pizarra. El abismo sumergido  de la Bahía de Arauco aplastaba la furia del Pacífico en un descanso profundo. Así, las lejanas olas gigantes se derramaban (vencidas) en terrazas líquidas que se diluían en la arena suave de la orilla. Ese punto del encuentro agua-tierra era leve, casi alado. Flotaban pedacitos de algas y las pulgas marinas se escondían en sus túneles. Me maravillaba hundir solo los dedos de mis pies para balancearme en ambos  universos.

Los primeros escalones de agua eran cristalinos como las piletas del parque de Lota. Era la zona de los niños. A la altura de las caderas, se tornaban turbias y se percibía  la energía interna de la ola madre, destrozándose varios metros  más atrás. Cuando la espuma blanca me rodeaba el pecho, era el momento de regresar nadando, pues solo los adultos seguían la marcha hacia el muro de agua verde, listo para engullir  la gravedad rota del largo viaje oceánico.


Piscinas y rosas

El agua era mansa, dulce y doméstica en la piscina del Club Social. Se ingresaba por una puerta de fierro forjado que se abría a un sendero de baldosas amarillas, un camino encantado que  serpenteaba por un jardín de rosas blancas y rosadas. El motor del filtro, con sus cascadas alegres, me daba la bienvenida. Llegar primero  ofrecía la oportunidad de saltar desde el trampolín al espejo prístino del agua. Se parecía a las dunas de arenas lisas en las playas perfiladas tras los bosques de Laraquete. Ese primer salto quebraba el cristal y multiplicaba el mosaico color turquesa del fondo. Jugábamos a crear olas en los lavapies, un ingenuo remedo del océano. El agua debe haberse reído a su manera, haciéndose la inocente. Solo el verde esmeralda de la parte mas profunda de la piscina me hacía recordar las corrientes marinas, los cuentos sobre ahogados y naufragios.


El Salto del Laja

Recuerdo algún paseo al Salto del Laja, donde me aferré a las manos de mi papá ante el vértigo de las cataratas enormes. Altura, espuma y estruendo multiplicado.  Voz ancestral, telúrica y mortal para quien osara desafiarla, ajena a las aguas ornamentales del parque. La catarata se ancló en mis pesadillas infantiles con un lenguaje oscuro y amenazante. Observé esa furia líquida, rugiente y pulverizada, arrastrándose en corrientes tornasoladas, abriéndose paso entre muros de piedra bruta. Luego, como cansados o aburridos, algunos brazos se relajaban traviesos entre rocas y juncos. Se iban en arroyos cantarines para formar pequeñas playas, respiros amables en su vertiginosa carrera hacia el mar. 

Eso ocurrió el mismo verano en el que mis padres, mi hermana y yo nos aventuramos en citroneta por caminos rurales, siguiendo el caudal de algún río majestuoso. Al atardecer acampamos en un meandro dulce, quieto y perfumado  de  hierbas acuáticas, poblado de aves y de insectos zumbadores. Me daba miedo pensar que saltando un borde de piedras, podía caerme a la poderosa corriente blanca (sin duda, habría una catarata por ahí). 

Cuando oscureció, no hubo luna. Se escuchaba el rumiar transparente del agua, acompañado por el sonido trepidante de las hojas. Los grillos y otros seres insospechados completaban aquel concierto nocturno. Entonces, creí que las estrellas bajaban del cielo a danzar. “Son luciérnagas”, explicó mi mamá. Durante un tiempo mágico, el bosque se engalanó de luces juguetonas. Me pregunté si los humanos seríamos capaces de sentirnos menos intrusos. Esa noche mi mente infantil se contactó con el ancestral lenguaje del agua y  de la naturaleza maravillosa. 

(María del Pilar Clemente B.) 

viernes, 2 de octubre de 2020

Esas Inolvidables "Locas Bajitas"

 




Conocí a Mafalda en 1979. Era mi último año de colegio. A la incertidumbre propia del futuro (clásica para todos quienes finalizan la vida escolar), se sumaba el nebuloso porvenir de Chile. En esta atmósfera llegó a mis manos uno de los libro-historietas de Quino. Mafalda, con su deslenguada ironía de piba argentina, me alejó para siempre de las revistas cómics que solía comprar en el kiosco de la esquina: El ingenuo Pato Donald, la pre-feminista Pequeña Lulú (luchando contra el Club de Toby), la romántica Susy, el criollo Condorito y los paquetes con TBEO que me enviaban los tíos de España. No sabía entonces que Joaquín Salvador Lavado (Quino) había congelado  la imaginaria vida de Mafalda un 25 de junio de 1973. En suma, el personaje se había quedado en sus nueve años justo cuando las dictaduras comenzaban a masificarse en Latinoamérica y Africa, cuando la Guerra Fría vivía su momento más candente, Richard Nixon recién había caído, el conflicto de Vietnam estaba por terminar y los hippies esperaban la Era de Acuario.  Aquel año de 1979, Mafalda me mostró con sus verdades ácidas, los grandes problemas (y la esperanza) de la modernidad, aunque su último chiste lo había dicho años atrás. 

Epoca de papel, radio y TV

Con Mafalda evoco mis peripecias universitarias y el recorrido por barrios que, parodiando al cantor-poeta Mauricio Redolés, eran bellamente frágiles, con niños jugando al fútbol, volantines en el cielo, cantores callejeros, aroma a chocolate y naranjas. Plenos de  “esa alegría de la  utopía que nos negó este siglo”. 

Escuchábamos a Joan Manuel Serrat, escribíamos a máquina, intercambiábamos libros y cassettes censurados. Recuerdo que me pedían prestado mi álbum de Los Beatles, una “joyita” que me compré al quedar seleccionada en la Escuela de Periodismo. A cambio, yo solicitaba revistas de Mafalda o las francesas de “Asterix y Obelix”. Recuperar los préstamos eran algo difícil, pues en esos tiempos de diarios, revistas y papel, no se podía bloquear a quienes nos ofendían. Las protestas en la avenida Alameda iban en aumento, algunos compañeros de universidad terminaban en la cárcel. Otros, mucho peor. La oficina de la Iglesia Católica, Vicaría de la Solidaridad, se convirtió en defensora de los derechos humanos.(¡Qué increíble parece ahora!). Aprovechando el recurso de rescatar marcas o permisos de medios que ya no existían, aparecieron varias revistas de oposición. Una de ellas fue el tabloide Fortín Mapocho. 

Diminuta Libertad… y Gus


En el Fortín Mapocho, una viñeta firmada por un tal “Gus”, comenzó a ganar popularidad. Era Margarita, una colegiala de rostro indefinido, que jugaba con las palabras noticiosas y hacía reír evadiendo la censura. El dibujo de una vaca, acompañado por la enigmática frase “Y va…er” , se transformó en ícono de la resistencia en contra de Pinochet. Se cantaba en todas partes, conjurando  para que su caída no pareciese tan lejana como las esperanzas de Mafalda. 

Algunos comparaban a Margarita con la versión chilena de la piba argentina. Gustavo Donoso, su creador, optaba sabiamente por el anonimato. En esa década del 80 es imposible no mencionar a estas niñitas de ficción, que flotaban en una atmósfera compuesta por gases lacrimógenos, el cierre del ferrocarril a Valparaíso ( y de la Estación Mapocho), cine-arte, aparente prosperidad económica y policía secreta. Leer a Mafalda era un rito, en especial camino a a Isla Negra, donde la casa náutica de Pablo Neruda permanecía cerrada. Sus chistes eran (y son), un espejo crítico del mundo cotidiano. Su mamá limpiando eternamente la casa, reclamando por los precios y añorando haber sido profesional. El papá, un oficinista estirando el salario y proyectando sus diminutos sueños en su citroneta. Guille, el hermanito que creía en la magia, en contraste con la machista Susanita. El pobre Monolito, hijo del almacenero, siempre castigado por sus mal desempeño escolar. Felipe, el lector voraz de historietas, incapaz de entender  que la vida no se parece a la de los súper héroes. La más inquietante (además de Mafalda) era Libertad.  Una pequeñita de frágil aspecto y agudo ingenio. En medio de las empanadas y el vino caliente de las peñas folclóricas ochentenas, nos recordaba lo esquiva y lo fácil de perder que es  la libertad.

Hemos perdido a Quino, el creador de un personaje señero. Y aunque las épocas pasan y todo nos parece tan lejano, las voces de esos niños de barrio nos seguirán dando lecciones para construir un mundo mejor. 

(María del Pilar Clemente Briones)


 



domingo, 13 de septiembre de 2020

El 9/11 y una Delirante Fantasía de Amor

 

Alicia Esteve Head era alumna de un Máster de Negocios en Barcelona, cuando vio en la televisión el escalofriante ataque a las Torres Gemelas. Conmovida, abrió una  website en inglés para solidarizar con los afectados. Por esos rompecabezas del destino, la joven (bajo el pseudónimo de Tania Head) se convirtió en la anfitriona de las noticias, lazos de unión, búsqueda de desaparecidos, mensajes y el principal foco de reunión para los sobrevivientes y familiares. Fue entonces, cuando los usuarios del portal le preguntaron quién era ella y su relación con el 9/11. ¿Qué respondió?

La tentación de ser protagonista

Alicia debió dudar. En el 2001 se vivía en internet el auge de los juegos de alter ego en segundas realidades. Ella era hija única, sufría ansiedad, sobrepeso y una autoestima baja. Compensaba sus carencias emocionales con éxitos académicos. Sufría por no tener amigos ni ser popular. ¿Para qué defraudar a sus admiradores norteamericanos?. Inventó una pequeña “mentira blanca”. Dijo ser la prometida de David X, un ejecutivo soltero fallecido en la Torre Norte. Las condolencias y simpatías aumentaron; también las preguntas. ¿Qué hacía Tania el 9/11?

Crece la “bola de nieve”

La “mentirita” creció. Relató que ella y David se habían conocido en España, que estaban muy enamorados y que la semana de la tragedia ella se encontraba en Manhattan, concretando los detalles de la boda. Agregó que la mañana fatal, ella estaba en la Torre Sur, en la entrevista laboral de una prestigiosa firma. Su actitud ante el dolor hizo que su website fuese la voz oficial de los sobrevivientes. Se llamó Trade Center Survivor Network y formaron la primera agrupación oficial. Alicia declinó la presidencia, pero como secretaria construyó una excelente relación con las autoridades, donantes y sobrevivientes. Se cubrió las espaldas, contando a sus compañeros de universidad que había viajado a New York durante la semana del 9/11 y que su novio americano había muerto allí. Un relato casual, destinado a quienes hallaran su portal y reconocieran sus fotos.

El sabor de la felicidad

Agradecidos, los asociados le consiguieron un empleo en New York y la ayudaron en la adaptación a su nuevo país. La depresiva joven saboreaba un sueño maravilloso: ¡Era amada y valorada por todos!. Durante tres años, la española siguió inventando  detalles. Llegó a ser la única sobreviviente que se había encontrado (en su escape de la Torre Sur) con numerosas víctimas. Ella había recibido el anillo de un hombre que le pidió entregarlo a su esposa. También, dijo haber sido ayudada en el hall por el bombero-mártir más famoso de todos. Como prueba, ella mostraba una cicatriz que tenía en el brazo, producto de un accidente automovilístico en Barcelona.


El cuento de hadas se desmigaja


Los primeros en sospechar fueron los padres de David X.  Después de muchas negaciones, la “sobreviviente estrella” aceptó ir a la casa de sus “suegros”. Se puso nerviosa porque los datos no calzaban. David jamás había estado en España, donde según ella, se habían conocido. Inventó a última hora, que se habían visto por primera vez en unos cursos de negocios en Harvard y Stanford. Los padres del joven se quedaron con la impresión de que Tania era una triste enamorada sin suerte, ya que David les había presentado a su novia real días antes del 9/11. No dudaron eso sí, del resto de la historia. Desde esa visita, Alicia apeló a problemas psicológicos para no tener que enfrentar a los familiares de las víctimas. Incluso, dijo haber perdido el anillo mencionado, cuando la esposa del fallecido quiso recuperarlo. Varios de los sobrevivientes sufrían el síndrome post traumático, por eso, no encontraron muy extraña la conducta de su líder.

“La mujer que no estuvo aquí”

Con la estrategia del “bajo perfil” Tania Head duró seis años en la directiva de la organización. Su gran desplome ocurrió cuando Angelo J. Guglielmo Jr. quiso filmar un documental, entrevistando a los seis más importantes testigos del 9/11. La española figuraba en el primer lugar con su novelesca historia. Aunque ella se negó, apelando al síndrome post traumático, el comunicador quiso incluir, al menos, su biografía. Así, se contactó con los padres de David X, quienes le manifestaron su opinión sobre la falsedad de la relación amorosa. Guglielmo descubrió que Tania era un pseudónimo y que no figuraba en los archivos de Harvard ni Stanford, como tampoco, había ingresado a los Estados Unidos durante la semana de la tragedia. En Barcelona, contactó a testigos que acreditaban lo del viaje y del novio americano, pero muchos otros, la habían visto en la ciudad los días 10 y 11 de Septiembre.

La verdad estalló como una bomba. Guglielmo cambió el guion y junto a la periodista Robin Gaby Fisher transformó su investigación en un libro y en el documental titulado: “The woman who wasn’t there: The true story of an incredible deception” (La mujer que no estuvo allí: La verdadera historia de una increíble decepción). La revelación provocó el cierre del sitio web y conmoción en la prensa. Tania Head envió un último email, señalando su  frustración ante los miembros que habían creído en las "mentiras del periodista". Anunció que se suicidaría, hecho que no ocurrió. Debido al gran trabajo que había realizado, no le hicieron cargos ni juicios. Simplemente, desapareció de la vista pública. Fue vista un par de veces con su madre en New York y se sabe que sigue en España con otro nombre.  En el libro, diversos psicólogos estiman que Alicia tal vez sufría de histrionismo o de un trastorno delirante que la hacían confundir la fantasía con la realidad.  Alicia Esteve jamás quiso contar su versión de los hechos.

(María del Pilar Clemente B.)

 


martes, 8 de septiembre de 2020

Caballos, Crueldad y un Viejo Libro

 

¡Me impresioné!. Una muy querida Millennial me contó que uno de los libros que marcó su adolescencia fue “Black Beauty”, de Ana Sewell. Se trata de una dramática novela del siglo XIX, traducida al español como “Azabache” (Piedra negra e intensa), cuyo tema es la autobiografía de una yegua. Aquel sensible punto de vista la había inclinado hacia el veganismo y al amor a los animales. No es común que un viejo libro publicado en 1877 cale hondo en el alma de los tecnológicos jóvenes actuales. ¡Como para relinchar de admiración!

Pañuelos y llanto

Corrían los años 70’s y recién nos habíamos venido desde Los Andes a Santiago. Mi mamá era una viuda de treinta y cuatro años, luchando por alimentar a sus dos hijas. Durante las vacaciones del colegio, ella trataba de enriquecernos la vida a través de la literatura. Así, en diversas Navidades llegaron a nuestras manos varios títulos. Uno de ellos era “Azabache”. Venía acompañado por la colección de cuentos de Hans Christian Andersen (los verdaderos, no los “maquillados” y descafeinados). Recuerdo también un bonito libro ilustrado de Charles Dickens, coterráneo y contemporáneo de Ana Sewell. Junto a mi hermana nos quedamos cortas de pañuelos (todavía de tela) para secar el océano de nuestras lágrimas. Dickens y la Sewell no escatiman palabras para describir la pobreza, el egoísmo, la desigualdad y la contaminación de aquel Londres industrial del siglo XIX. Imposible olvidar la espantosa escena de una niña mendiga muriendo de frío, mientras observa por la ventana a una familia reunida en torno a una opulenta mesa navideña. Terrible y realista es también la descripción de la yegua Azabache, frente a la agonía de un caballito azotado hasta la muerte por no levantarse y arrastrar una carga superior a su peso.

Primera denuncia ante la crueldad

Ana Sewell fue una niña tímida, criada en una familia protestante de Inglaterra. Leía mucho y ayudaba a su madre a escribir libros de crecimiento espiritual. A los catorce años su vida cambió. Sufrió una caída donde se quebró ambos tobillos. Nunca pudo volver a ser la misma y debió usar siempre muletas. Además, el clima húmedo no favorecía su salud. Esta desventaja la hizo muy cercana a los caballos, ya que poseía un carruaje individual en el que se movilizaba a todas partes. Se demoró seis años en escribir su única novela, “Black Beauty”. No estaba destinada  a los niños, sino que a los adultos que trabajaban con caballos. Como todos sabemos, en la época de la autora, estos animales eran el motor de las actividades humanas. Servían en las granjas, en el transporte de carga y pasajeros del “novedoso” ferrocarril. Figuraban en las calles, en el hipódromo, la policía, las fuerzas armadas y en los hogares que podían darse el lujo de mantenerlos para la diversión o cacería. Un caballo de “vida acomodada”, podía pasar de la noche a la mañana a las peores condiciones. Cualquier enfermedad, el dislocarse una pata, la vejez, significaba la pérdida de su valor y eran regalados o vendidos por unas pocas monedas a dueños inescrupulosos, quienes los explotaban hasta matarlos. La autora dejó muy en claro que su anhelo era despertar la bondad y el trato humanitario hacia estos nobles seres. Aunque la Sewell falleció de tuberculosis a los cinco meses de publicar su obra, el libro generó consciencia y terminó con el uso del  “engallador”, una especie de collar que obligaba al animal a mantener el cuello en alto. Esto les otorgaba una silueta elegante, pero era una dolorosa tortura que les impedía reaccionar al peligro. Así, muchos accidentes de carruajes ocurrían por dicha causa. Hasta “Black Beauty”, las masas consideraban a los animales como máquinas para sacar provecho con un mínimo de alimentos y cuidados.

Más amor, más humanidad

Hoy, que todavía se ven animales abusados y golpeados, como los malogrados perros Cholito y Weichafe (Chile), es importante difundir en los niños la novela “Azabache”. Cierto, no es una historia de Walt Disney, pero enseña esa realidad fría, que tanto se necesita. Mantener a los chicos en burbujas de cristal, lejos de los dolores y fracasos, no los ayudarán a comprender a otros ni a ser mejores personas. “Black Beauty” vino a mi memoria en el 2018, cuando en Pichilemu falleció en un accidente la activista y amante de los animales, Sol Jara Pizarro. Por esas ironías del destino, su vehículo colapsó ante un caballo extraviado en la carretera. Un pobre equino desatendido por su dueño. Esa madrugada de niebla, la mujer y el animal se hermanaron en una muerte evitable. Por eso, me volvió la esperanza cuando Karina Puvogel me comentó lo importante que había sido para ella leer “Azabache” durante su adolescencia. Hagamos que el legado de Ana Sewell (iniciado en 1877), siga vigente en las nuevas generaciones. ¡Bravo!

(María del Pilar Clemente B.)