lunes, 2 de diciembre de 2019

Adiós a los juguetes...¿a los cinco años¡


ADIÓS A LOS JUGUETES...¿A LOS CINCO AÑOS?

 


Cuando era niña, soñaba con tener una casa de muñecas al estilo Mary Poppins. Era la década del 60’ y vivíamos en Arauco. Conseguir juguetes era caro y difícil. Los padres con más recursos viajaban  a Santiago en busca de novedades. Lo normal era probar suerte en las tiendas de Concepción o mandar a confeccionarlos a los carpinteros de  la Compañía  Carbonífera Lota Schwager. Desde sus rudas manos, emergían  caballitos, trenes, palitroques, casas y cualquier artilugio de madera. Las terminaciones no eran tan finas, pero igual alegraban a los niños. Entre los juguetes de plástico y goma, se destacaban muñecas, pelotas, baldes de playas, paletas de tenis y figuritas coleccionables. No faltaban las bolsas llenas de bolitas de cristal, triciclos y bicicletas. El surtido era escaso, por lo que todos solíamos tener las mismas cosas. Estos humildes juguetes acompañaban a sus dueños durante una larga infancia. Los más queridos solían ser los más deteriorados. Eran sobrevivientes de batallas y mimos excesivos. Desprenderse de los “viejos amigos” era una verdadera ceremonia que arrancaba más de una lágrima. Los estropeados se reciclaban o se iban a la basura. Los mejores se regalaban a primos menores. Siempre quedaba algún juguete en los estantes. Su presencia nos ayudaba a consolar los sinsabores adolescentes. Eran testigos de los diarios de vida o el primer cigarrillo a escondidas. En provincia, en zonas alejadas de la televisión, la niñez se prolongaba hasta los 13 y 14 años. En Santiago, la chiquillería de la época bailaba con “Música Libre” y soñaban con ser “grande”. La edad oficial de la adultez eran los 21. Tan importante era desear ser mayor que hasta un helado de crema y pasas al ron se llamó “Danky-21”.

 

Sin pena ni gloria

 

Actualmente vivo en los Estados Unidos y me tocó visitar una casa donde los hijos de  cinco y siete años habían comenzado a desprenderse de sus juguetes. Hasta pocos meses atrás, la niña había disfrutado con muñecas y una casita Barbie. El hermano era fanático de los trenes eléctricos. ¡Había que saltar entre líneas férreas y vagones olvidados!  ¿Qué había ocurrido? Ambos acababan de recibir flamantes Ipod, plenos de video games, películas, tareas didácticas, música y todo lo que desearan. Cuando llegué, los hermanos estaban sentados en un gran sofá, enchufados a sus audífonos e hipnotizados a sus pantallas privadas. Pocos días antes, había visto en las noticias la quiebra de la tienda “Toys for us”. Esta empresa, fundada en 1957, había sido el gigante de los juguetes en USA. Según explicaban los ejecutivos, la edad de las fantasías infantiles se estaba acortando en forma dramática.

Me dejó pensando que un par de niños de cinco y siete años se alejaran tan fríamente de sus juguetes. Quizás, eran ya el producto de la cultura de lo desechable iniciada en los 80’s. ¡Usar y botar! Mi esperanza retornó al conversar con dos mamás latinoamericanas. Ellas me confesaron haber conservado unos pocos juguetes de sus niños, pues deseaban volver a usarlos con la llegada de los nietos. ¿Sentimentalismo? ¿Tontera? ¿Algo que no sucede en Chile? Para pensar…
(María del Pilar Clemente B.)

 

 

 

 

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