Mostrando entradas con la etiqueta Adolescencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adolescencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de enero de 2023

NOSTALGIAS CON SABOR A CHOCOLATE

 


Cada cierto tiempo, hago budín de chocolate casero. Es un ritual que utilizo para evocar los inviernos cordilleranos de Santiago; mi época de tareas escolares, telenovela de la tarde y horas colgada al auricular, hablando por teléfono fijo con las amigas. Me veo de catorce años, apoyada en la pared, jugando con mi cabello frente al espejo y enrollando con el dedo el espiral del aparato.  
Era fines de los 70’s y estábamos viviendo mi mamá viuda, hermana y yo  en un departamento de Ñuñoa, a tres cuadras de avenida Irarrázaval. Entonces, era una comuna de viejas casonas y pocos edificios altos. En las calles  circulaban escasos  vehículos. Se podía andar en bicicleta y adivinar el ciclo natural de las estaciones, gracias a los pregones, pitos y campanillas de los vendedores de fruta, afiladores de cuchillos y heladeros. Los brotes de la primavera las marcaba el paso del organillero. 
En dicho contexto, mi mamá trabajaba en una oficina durante la semana y dedicaba los domingos a preparar un postre. Sus especialidades eran la leche nevada, el arroz con leche, el flan de sémola, leche asada y el budín de chocolate. Así, cada domingo esperaba su ingreso al refrigerador, la fuente de cristal labrado, humeando su delicioso contenido. Era una pieza de vajilla sobreviviente de un juego que había incluido jarros y pocillos para poner la mermelada. Eran parte de nuestra infancia en Arauco (sur de Chile) del cual solo habían llegado a Santiago la fuente y un gran plato para tortas y queques.

 

SEMANA DULCE

El postre solía durar hasta el miércoles. El jueves y viernes, la fuente permanecía casi vacía en el refrigerador. Mi hermana y yo iniciábamos una tensa guerra fría contra la tentación. Comerse la última cucharada significaba lavar y guardar el recipiente, el que debía estar listo para el cercano domingo.
El budín no siempre le salía bien a mamá. Dependía de varios factores: la energía en el quemador de gas licuado (cocina), la calidad de la leche, el chocolate y el espesor de la maicena. A veces, por más que ella batiera la olla, quedaba semi líquido. Otras, el resultado era una goma dura, capaz de rebotar desde los platos al suelo. Lo más dramático ocurría cuando  el cuajado y la belleza maravillosa del budín…tenían sabor a nada. Eso pasaba cuando mamá no encontraba polvo de chocolate artesanal.  Entonces, el verdadero cacao y el café en grano eran costosos en Chile, por no ser país productor.  Así, aquellas ocasiones en las que el budín salía perfecto, duraba con suerte hasta el martes. Lo devorábamos sin importarnos a quien  le tocaba lavar. A mamá, esa “mala mano” no le sucedía con los otros postres de leche. Era como una “maldición” específica para dicha receta. 

POSTRES “PLÁSTICOS”

En los 80’s nuestra madre descubrió los “flanes y budines rápidos” que venían en unas bolsitas dentro de cajas parecidas a las de gelatina. Según la publicidad, solo había que agregar leche cualquiera y calentar. Otras marcas ni eso: ¡Eran instantáneos¡ Obviamente, existían desde mucho antes,  pero ella (famosa por su buena comida)  se había resistido a los alimentos industriales. Lo único que desde nuestra infancia usaba “en sobre” era la gelatina. En aquel tiempo, las dueñas de casa compraban moldes para elaborar unos imaginativos postes de varios colores, mejorados con trozos reales de fruta y decorados con crema. Eran tan bonitos que solían servirse hasta en las grandes cenas.
Los flanes “babosos” y con gusto a plástico se convirtieron en el “toque final” de almuerzos preparados con sopas y purés de sobre, más arroz pre-cocido. El budín de chocolate y el resto de la repostería desapareció de nuestra cocina. La vanidad de “usar bikini” y jeans ajustados  desterraron las calorías azucaradas. Aumentamos el consumo de ensaladas, aves y pescados. ¿Postre? Simplemente, fruta, aunque la tradición de los abuelos de la familia declaraban siempre que “la fruta no es postre”.

Pasaron los años, universidad, trabajos, matrimonios. La fuente de cristal se quebró y me traje el plato de torta a los Estados Unidos, donde lo tengo de adorno en el living.

No tengo talento para la pastelería y solo algunos postres de leche me salen bien, entre ellos, el budín de chocolate. Es una forma de poner sabor a la nostalgia al estar lejos de mi tierra natal. 


domingo, 6 de noviembre de 2022

¿HAS ENCONTRADO A TU UNICORNIO?

 


Dicen que durante cuatro mil años, los habitantes de la vieja Europa (y parte de Asia) creyeron en el unicornio. En las tabernas, los navegantes (protagonistas de extrañas aventuras) contaban relatos a cambio de vino. Ellos situaban a este animal en los hielos árticos, primos mágicos de las ballenas Narvales, las que si bien eran reales y tenían un cuerno, nadie creía en ellas. En todas las aldeas era más lógico aceptar la existencia de un caballo “especial”, que la de una desconocida criatura marina. Los extranjeros de piel oscura y ojos almendrados hablaban de asnos, búfalos o pesadas bestias de mal carácter, cuyo cuerno molido permitía vivir doscientos años. Lo concreto es que hasta el siglo XVI, muchos seguían soñando con encontrar al unicornio. Los escoceses lo habían imaginado blanco y dorado, poseedor de una fortaleza superior al león de los ingleses. El animal solo se dejaba ver por quienes no lo buscaban. Quizás por su fama de tímido, nunca ocupó los primeros lugares en los cuentos de hadas. Los dragones, pegasos, águilas, leones y grifos eran las estrellas.

La canción de Silvio

En mi niñez no supe nada de unicornios. Este ser legendario llegó a mi vida gracias al álbum que Silvio Rodríguez lanzó en 1982.  Su poético tema “Unicornio Azul” se transformó en símbolo ochentero de todo tipo de pérdida, desencuentros, penas de amor, sueños rotos, anhelos de democracia, infancia lejana y lugares imaginados.  De todas las canciones del autor, la de esta criatura azul fue la más abierta a un diálogo interior. Inspiraba a escribir y a jugar con cristales de ilusiones quirománticas. Al igual que los clientes medievales de las tabernas, me veo bebiendo vino caliente en las peñas del barrio Bellavista, recorriendo el puerto de Valparaíso y trabajando en la radio “Estrella del Mar’” en la isla de Chiloé, puerta de entrada a la Patagonia austral. 
Tenía veinticinco años y mi rol de adulta profesional se tejía en los albores de los 90’s. País por país, la democracia retornaría a Sudamérica. En aquel panorama, ignoraba que los bosques del sur no me darían acogida. Por el contrario, la rosa náutica me llevaría al norte, a los cielos color turquesa del desierto de Atacama, donde me casaría con mi primer marido. 
Bailar salsa se pondría de moda y en todas las radios resonarían las “Burbujas de amor” de Juan Luis Guerra o el erótico “Ven y devórame otra vez” de Lalo Rodríguez. Recuerdo haber celebrado el cambio de siglo con “La vida es un carnaval” de la legendaria reina del “azúcar”, Celia Cruz. Muchos viajes, internet. El mundo se abría sin seres mágicos.

El jardín botánico de Miami

En el naciente “21”, los niños enloquecieron con la colección Pokemón japonesa, que incluía al unicornio entre sus figuras. Así, cuando llegué a los Estados Unidos a fines del 2008, los caballos de un cuerno se vendían en todas partes. Gracias a la televisión eran protagonistas de un abundante merchandising  videos, películas, juguetes, ropa, mochilas, disfraces, cuadernos y zapatos. ¡Hasta combinaban sus colas con el color de cabello de las muñecas Barby! Como ocurre con todo lo que abunda, dejé de prestarles atención.
Por eso, al viajar a Miami para recibir un premio literario, fue una sorpresa encontrarme con un unicornio de tamaño natural en el Jardín Botánico de la ciudad. La gracia fue descubrirlo entre las plantas, iluminada su blancura por los rayos del sol. Es cierto que no estaba vivo, pero me hizo recordar las leyendas, la canción de Silvio y por ende, el cristal azul de las ilusiones quirománticas de los veinticinco años. Fue el despertar de una sensación olvidada.
Me vi detrás de una ventana de la radio, viendo llover en Chiloé, “aporreando” las teclas de una máquina de escribir e imaginando el futuro, que se presentaba tan extenso como los hielos árticos. El unicornio  adornado de helechos y mariposas, fue la evidencia de que siempre nos estamos encontrando con lo que hemos sido. Al abrir la mente, los mensajes en botella, arrojados en el mar de nuestros momentos existenciales, retornan resignificados por el soplo de Dios. ¿Has encontrado a tu unicornio?

domingo, 2 de enero de 2022

La huella de los libros

 


Gracias a nuestra madre, mi hermana Ángeles y yo aprendimos a fascinarnos con los libros. Ella sabía que el amor por las palabras surge cuando van presentadas de acuerdo a la edad. 
Nuestra primera colección fueron cuentos de hadas en edición económica.  No teníamos prohibición para retocarlos con nuestros lápices. Esta etapa coincidió con las maravillas del silabario Hispanoamericano, texto escolar obligado en las escuelas que se empleaba para aprender a leer y escribir: “Pa, pe, pi, po pú…papá, pipa, pepe”. Se iniciaba con la consonante “P” de “Pilar y eso me hacía sentir importante. 
En el nivel avanzado, el silabario  incluía relatos. Me asustaba la ilustración del “Gigante”pero me cautivaba la de un poema al tren, que mostraba la locomotora corriendo por los rieles mientras algunas cabras saltaban junto a él. Cada día abría las páginas esperando que el “trencito chu-cu-chú”  y las cabras ya no estuviesen allí.
Me pasaba lo mismo con la palabra “Fin” que decoraba el epílogo en los cuentos de hadas. Duendes con brochas pintaban las letras y parecían a punto de terminar. Una vez a la semana abría el texto, deseando sorprender a los pintores con su obra concluida.
Mamá nos compró una cajita en forma de biblioteca que contenía diez cuentos en tamaño miniatura. Los usábamos para enseñarle a leer a las muñecas. Descubrí que me gustaba enseñar. 
Los naipes, las rosas y los espejos nos llevaban al mundo de “Alicia en el País de las Maravillas”. Lo tuvimos en la versión infantil y en el original, con las tan inglesas ilustraciones de Lewis Carrol. Esos enigmas matemáticos, adivinanzas y personajes delirantes me abrieron los horizontes literarios. En suma, me hice adicta a la lectura. 

          Letras desde Barcelona

          Desde Barcelona, la tía Carmen nos enviaba libros y la revista “Hola”, que contenía las vicisitudes de los reyes europeos, los cantantes, modelos y actores de moda. Nos servían para dibujar historietas y a crear collages, combinando caras y vestidos.  El texto impreso no era sagrado, sino que una herramienta para aprender y jugar. Salvo, por supuesto, los ejemplares que mamá colocaba en  el mueble especial construido por mi padre.

Cuando yo tenía doce años, mi tía nos envió la novela juvenil “Marta y el misterio de la mansión” de Julie Campbell. Era la historia de una niña de mi edad, quien junto a sus amigos descubría los secretos de una casona abandonada en un bosque. Esa lectura coincidió con la máquina de escribir Remington que mi madre trajo a la primera casa de Santiago, donde vivimos después de dejar atrás Lota y Saladillo. Era un modelo desechado en las oficinas de Codelco-Chile, en la que era secretaria. La nueva adquisición fue instalada sobre el escritorio de la llamada “pieza azul”. Era una habitación pequeña, con muros celestes, destinada a las costuras maternas y a nuestras tareas escolares.
El sonido de las teclas, la campanilla del carrete y la cinta móvil, fueron una atracción magnética para mí. En hojas de cuaderno escribí un intento de novela que titulé: “El criminal del bosque Jacinto”. La influencia se dio también por la afición que mamá tenía en ese tiempo ante los misterios de Agatha Christie y el terror de Edgar Allan Poe. 
Con mi hermana leímos a dos voces “Las minas del rey Salomón” de H. River Haggard, cuyo personaje principal (el buenomozo arqueólogo Allan Quatermain) iluminó nuestras germinales fantasías románticas.  “Sinuhe el egipcio” y “Marco el romano” de Mika Waltari, nos avivaron la curiosidad por la antigüedad, época que nos estaban enseñando en el colegio.

 

El encanto de "Mujercitas" y los marcianos

     Por supuesto, también leímos “Mujercitas” de Louisa May Alcott. De las cuatro hermanas, admiré a Elizabeth, la más generosa, capaz de morir por cuidar a niños tuberculosos. También me gustaba Amy. Era totalmente opuesta a Beth, pero siempre conseguía todo lo que deseaba, desde ser la favorita de la tía rica, viajes, clases de arte y hasta el novio de Jo, En este punto, nunca entendí las razones de la protagonista para renunciar al amor en favor de su hermana chica.

“Papaíto Piernas Largas” de Jean Webster, me servía para motivarme a estudiar las asignaturas difíciles como matemáticas, química y física. Encontraba fascinante que una joven pobre pudiese estudiar en un colegio tipo castillo, gracias a un benefactor que resultaba siendo un atractivo galán dispuesto a casarse con ella. 
Sin embargo, fueron “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury y “La amortajada” de María Luisa Bombal, las que despertaron mi imaginación y sensibilidad. Escribí los cuentos “El Planeta extrasensorial” y “el ataúd”, inspirados por esos argumentos tan disímiles y desafiantes. El espacio extraterrestre y sus infinitos era todo un desafío al ser humano. Por otro lado, el fantasmal relato de la Bombal me aventuraba en lo sobrenatural. Al leer más de la Bombal me interesé por  la intimidad femenina. Así, me identifiqué con los temas de la mujer. Por eso, me hicee lectora de la revista “Paula” que compraba mi tía María Isabel. En esas páginas conocí las columnas “Los Impertinentes” y “Civilice a su troglodita” de Isabel Allende, futura escritora que me impactaría en mis tiempos universitarios, al punto de realizar mi memoria sobre sus dos novelas “La Casa de los Espíritus” y “De Amor y de Sombra”. Hasta la fecha, sigo pensando que fueron sus mejores obras

Veranos de lectura playera 


      Entre los quince a los veinte años los libros se relacionan con los veraneos familiares. Mi mamá nos regalaba o se conseguía en la biblioteca de Codelco, novelas para alimentar el espíritu entre playas, sol y paseos. En ese tiempo, las cabañas que arrendábamos en Algarrobo, El Quisco o Viña del Mar no tenían televisión. Lo cierto es que todo el mundo leía en los veranos. El retorno al colegio o universidad implicaba comentarlos.  Recuerdo haber sostenido profundas conversaciones en la cafetería con Luis Opazo y Guillermo Espíndola, compañeros de curso con los que compartía la euforia del realismo mágico.  Entonces, leí muchos autores que reflejaban la identidad latinoamericana como José Donoso, Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Julio Cortazar y Jorge Luis Borges. Eran una forma de comprender mis raíces y la actualidad. 
Cuando me titulé de Periodista en la Universidad de Chile, la vida laboral  me obligó a disminuir la cantidad de lecturas anuales. Influyó también que se diluyera el grupo de amigos lectores. También, el avance de nuevas tecnologías. Los cine clubs, el TV-Cable y los CD’s, abonaron el terreno para el lenguaje audiovisual. En forma simultánea, las industrias editoriales perdieron la relevancia que las había caracterizado durante todo el siglo XX. 

El último autor que me conmovió fue Hernán Rivera Letelier, con su saga de relatos basado en las salitreras y las inmensidades del desierto de Atacama. Yo estaba casada con mi primer marido, un prestigioso periodista copiapino, cuya gran virtud fue transmitirme el amor por el norte chileno, un territorio que aprendí a querer. Cuando evoco los relatos de Letelier, me surge una clara simbología entre la desolación de sus pampas y la desolación que estaba oxidando mi alma durante la década de los 90’s. Por supuesto hay más...pero ya es otra historia. 

(María del Pilar Clemente B.)

domingo, 3 de octubre de 2021

El espejo y el arrimo


















Durante los ocho años de  mi infancia en el sur de Chile, vivimos en dos casas, ambas en la misma calle. La que más recuerdo es aquella donde aprendí a caminar y a interpretar las primeras sorpresas del mundo. Mis padres dejaron atrás Santiago en 1962 para avecindarse en Lota, provincia de Arauco. Mi papá, Miguel Clemente, había sido contratado para trabajar en las históricas minas del carbón. Entonces, estaban en manos de la Compañía Carbonífera Lota Schwager. 


Parque Luis 397 fue aquella inolvidable dirección. Era un barrio de viviendas de fachada continua, cuya calle principal llevaba  a la faena minera, situada muy cerca del mar. Así, los sonidos laborales y el aroma a hollín eran parte de lo cotidiano. Las casas eran de un piso y de líneas simples, sin detalles estéticos. La puerta principal daba a la vereda y era de doble mampara. Durante la noche se cerraba, pero a lo largo del día, tímidos rayos de sol se filtraban por los vidrios opacos de la mampara. Pese a ello, el interior era bastante oscuro, salvo la galería vidriada que daba al patio trasero.  


El vestíbulo


Desde la puerta se accedía a un pequeño vestíbulo. Era un espacio mágico, encajonado entre la entrada y la salida del hogar. Amortiguaba el eco de los pasos y era la pausa para mirarse de reojo en el espejo de fierro forjado negro que combinaba con la mesita de arrimo y una lámpara en forma de farol. El estilo del forjado le daba un aire español a ese rincón. Sin duda, un tributo a mi padre, originario de Barcelona. Justamente, sobre el arrimo se colocaban las cartas que le enviaban su única hermana Carmen y mi abuelo Pedro. Allí dejaba él las suyas, para acordarse de llevarlas al correo. 


Había un plato de cerámica destinado a las cuentas, llaves, papeles con direcciones, conchitas recogidas en la playa y monedas, muchas monedas. Eran necesarias para comprar el diario local cuando el niño pasaba voceando el nombre: “¡El Suuur, el Sureeeeeee!”. También, para completar la suma o el cambio de los pescadores matinales, quienes tentaban con los frutos del mar que portaban en pesadas canastas: “¡Sierra fresca, caserita! ¡Cholgas y chuchitas ricas!”. A veces, era el lechero quien recorría los barrios sobre un carretón y caballo. 


En el arrimo quedaba la cajetilla de cigarrillos Liberty que mi mamá trataba infructuosamente de olvidar. 


Por mi edad y estatura, la luna del espejo me quedaba muy alta. Solo podía ver el farol y una acuarela de la pared opuesta. A veces, agitaba mi mano para que mis dedos se reflejaran. Cuando aprendí a leer los cuentos de hadas, sospeché que el espejo del arrimo era la puerta hacia algún reino encantado. No ocurría igual con el tosco espejo del botiquín ni tampoco, con el pequeño de luna redonda que usaba mi madre para maquillarse. Un día descubrí que caminar por la casa llevando enfocado el espejito hacia el cielo raso, producía la mareante sensación de desplazarse entre lámparas y molduras. 


Teatro imaginario


El vestíbulo se convertía en las bambalinas de un teatro imaginario, cuando mis padres salían muy elegantes para algún evento de la empresa. Las fiestas mineras siempre eran en grande, con mucha comida, mesas decoradas y orquesta. Desde el club social hasta el sindicato, las celebraciones anuales eran por lo alto. Como  se trataba de encuentros para adultos, mi hermana y yo nos contentábamos con observar a papá arreglándose la corbata en el espejo del arrimo y a mamá cambiándose algún collar de última hora o abasteciendo con la última caja de fósforos su cartera de moda. 

Alicia nos venía a cuidar y nos animaba a despedirnos  cuando atravesaban la mampara. A través de los vidrios, advinábamos los focos de la citroneta que se marchaba con su agudo motor rugiente.


El invierno y las lluvias eran largas, melancólicas. Si la tormenta era poderosa, la puerta principal se cerraba y desde la ventana del living, mirábamos sacudirse las copas de los eucaliptos de la quebrada. Entonces, la lámpara farol, fiel guardiana, mantenía iluminado el espejo y el arrimo. Alguien podría necesitar entrar o salir de urgencia. 


La Cruz de Mayo


Lo mejor ocurría con la procesión de la Cruz de Mayo. Para la ocasión, todas las puertas se mantenían abiertas, aunque cayera la noche. Sobre el arrimo se ponía la donación en dinero o especies para entregar a los devotos. Una vez, yo estaba enferma en cama y no quería perderme la procesión. Mi papá me envolvió en un chal y me tomó en brazos para que mirara desde las ventanas el avance de los cantos cada vez más cercanos. Mi hermana se asustaba cuando la solemne cruz decorada con flores y velas se reflejaba, cual enjambre de luciérnagas, en la mampara. El misterio se develaba cuando abríamos la puerta y allí estaba el grupo con el sacerdote, entre atractivo y amenazante. 


La segunda casa (en la que solo vivimos dos años) era más moderna y no tenía doble puerta ni vestíbulo. No sé donde mi madre ubicó el espejo, el arrimo y el farol allí. . No me fijé si estaban o no. Los objetos rutinarios a veces desparecen sin que uno se dé cuenta. En especial, cuando devienen cambios, mudanzas, viajes. Otros lugares, otras ciudades. Simplemente, se quedan escondidos en algún rincón de la memoria hasta que la nostalgia furtiva los vuelve a poner en primer plano. 













viernes, 7 de agosto de 2020

ANTONIA y ÁMBAR con "A" de ángeles

Los rostros de Antonia Barra y Ámbar Cornejo nos sonríen confiados desde las notas de prensa. Podrían ser nuestras hijas, sobrinas, nietas, hermanas o amigas. Podrían estar vivas y tener un futuro. Pese a las distancias geográficas y la realidad socioeconómica, ambas jóvenes fueron víctimas de alevosos crímenes. Antonia (23) se quitó la vida después de haber sido violada y amenazada. Ámbar (16), fue brutalmente asesinada por la pareja de su madre. Dos tragedias que pudieron evitarse.  

Manipuladores sexuales

Antonia cayó en una eficaz táctica de manipuladores sexuales. Se trata de presentarse en las redes sociales ( y en persona) como “joven de excelente presencia y educación”. ¿Quién va a desconfiar de las bebidas que te ofrece un simpático galán?  Emborrachar o drogar a la “presa” es más antiguo que el hilo negro. Sucede todos los días y se basa en hacer creer a la víctima que el sexo fue consensual. Si la agredida se enoja, se le muestran fotos comprometedoras, se manipulan sus emociones y se le aconseja “silencio”.

Algo parecido le ocurrió a Natalee Holloway en el 2007. La adolescente norteamericana viajó junto a sus compañeros de secundaria a la isla de Aruba. En una discoteca fue abordada por Joran Van der Sloot, el apuesto hijo de una reconocida familia local. Confiada en que nada malo puede ocurrir en un paraíso, la chica aceptó las copiosas bebidas y no regresó al hotel con su grupo. Natalee desapareció y la policía de Aruba la culpó (indirectamente) por su fatal e incógnito destino. Lo que de verdad ocurrió se supo tres años más tarde, cuando Joran Van der Sloot repitió el mismo comportamiento en Lima, con la peruana Stephany Flores. Cámaras de video lo delataron en su rol de seductor, violador y además, asesino.

Las cámaras de video y conversaciones grabadas en celulares también fueron claves en el caso de Antonia, aunque a ella no le sirvieron de mucho. Cargaba con la vergüenza de lo sucedido, se sentía sucia y culpable. ¿Quién creería su versión? ¡Ni siquiera su ex novio fue capaz de confiar en ella! Prefirió quitarse la vida ante la incapacidad de seguir luciendo “normal” frente a sus amigos y conocidos. Al menos, aquellos testimonios presentados por sus padres, llevaron a Martín Pradenas a prisión preventiva. ¿Actuará la justicia?

Femicidios sociales

En el caso de Ámbar, al drama disfuncional de sus padres se sumó el gravísimo error de la justicia chilena de liberar en el 2016 a Hugo Bustamente, un hombre que había asesinado en el 2005 a su ex conviviente y al pequeño hijo de ésta. Como buen psicópata, se buscó una nueva mujer a quien dominar. Entonces, la que sobró fue la hija de ésta, Ámbar.

Aunque no me gusta mucho el término “Femicidio”, ya que considera que se mata a alguien solo por el hecho de ser mujer, en ambos casos grafica el comportamiento de quienes hicieron la vista gorda o estaban demasiado sumidos en sus individualismos como para percibir los silenciosos gritos de ayuda. Por ejemplo, todavía perdura la creencia que la violencia doméstica es “privada” y que solo en la televisión una pareja agresiva puede llegar al asesinato (o esconde el secreto de ya serlo).

Es femicidio juzgar a una adolescente ebria, drogada o ligera de ropas por “buscarse su desgracia”. Lo mismo que el despecho o los celos machistas, que niegan la realidad de una violación. Lo es todo aquel “buen compadre” que no se atreve a “pararle el carro” al amigo que anda en malas intenciones en una fiesta. Ni la madre de Ámbar pudo evitarle a su hija el riesgo de venir a la casa. ¡Pongamos atención! ¡Miremos alrededor! ¿Cuántas mujeres (y más de algún varón) cercano está sufriendo abusos o padece una sospechosa depresión? ¿Seguiremos simulando no ver la agresividad de alguna pareja o en nuestros hijos, nietos o hermanos?  

Antonia y Ámbar comparten la “A” de ángeles. No porque hayan sido santas o de “intachable conducta”. Fueron ciegas ante el peligro. Confiaron en el ser humano. Quizás, creyeron que todo varón es un caballero. Una simple conversación profunda puede marcar la diferencia. ¿Cuántas tienen que morir para darnos cuenta de que clamaban por ayuda?

(María del Pilar Clemente B.)

viernes, 10 de abril de 2020

Jesucristo, la película y dos adolescentes



JESUCRISTO, LA PELÍCULA Y DOS ADOLESCENTES

 

La película Jesucristo Superstar llegó a Chile en 1975. la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber estaba causando furor en los teatros de USA desde 1970 pero el aislamiento geográfico y el reciente régimen militar, atrasaron el arribo del filme a las salas. La tímida difusión del musical (un género al que pocos apostaban en Chile) competía con “Música Libre”, el programa televisivo top de la época. Yo no pude ir al estreno porque fue calificada para mayores de 14 años. Con curiosidad, observé que amistades veinteañeras vibraban con esta audaz propuesta, capaz de mezclar el ayer bíblico con la actualidad. Por ejemplo, un primo se dedicó a pintar retratos de Cristo y otros conocidos viajaron al Valle de Elqui, en busca de la “Era de Acuario”. Todos inspirados por la película.

Las monjas modernas del colegio comenzaron a utilizar las canciones y hasta fotos  para las clases de religión. Me sorprendió gratamente esa forma de proponer a un Jesús cercano, predicando entre tanques, metralletas y aviones. Además, los diálogos planteaban preguntas audaces: “¿Jesús, quién eres tú? ¿Cuál es tu sacrificio?”. Hay una defensa también de Judas. Por supuesto, esta versión no gustó a quienes preferían situar a Cristo en una lejana cruz.  

Fanatismo y fantasía

Como la película duró bastante en cartelera, mi amiga Irenka y yo fuimos al cine apenas tuvimos edad. ¡El deslumbre fue total!. Nos quedamos al rotativo y regresamos unas quince veces.  El guion nos gatilló emociones en diversos planos. Por un lado, la figura humana, valiente y divina de Jesús, esas provocaciones frente al mal, la felicidad-triste de la última cena, las dudas de Getsemaní, la angustia de los apóstoles y el amor de Magdalena (debía ser fácil enamorarse de Jesús). Tradujimos las canciones y bailarlas nos daba la sensación de unir el pasado con el presente. Nos volvimos hinchas de los actores Ted Neeley, Carl Anderson e Yvonne Elliman. Íbamos a ferias artesanales y a la tienda “Village” en búsqueda de afiches, faldas y bisutería que evocaran al musical.  

A Irenka le regalaron el Long Play doble de la ópera rock y un libro de fotos (después me lo regalaría y todavía lo conservo). Nos disfrazábamos de diversos roles. Un blusón blanco y una barba pintada con corcho quemado me convertía en Jesús. Con un  chaleco negro y un rallador de zanahorias era Anás o Caifás. Cuando encontré la pulsera tipo serpiente de la esposa de Pilatos, le quité el rol favorito a mi amiga, la que se había cansado de hacer de Magdalena. Buscando a quién más imitar, fui también una rubia de pelo largo que baila en las ruinas de un templo romano. ¡A ese nivel llegamos!

Locaciones y telenovela

Irenka vivía en la Villa Olímpica, en Ñuñoa. Desde su balcón podíamos disfrutar de la “puesta de sol mágica”. La llamábamos así porque había un terreno eriazo que con los colores naranjos del atardecer, nos trasladaba al desierto del Neguev. También nos dio por buscar locaciones para sacarnos fotos (algo que nunca hicimos.). Recuerdo que nos encantaron las columnas tipo griega que habían en la rotonda Atenas, pero fueron retiradas en alguna remodelación (¿Qué habrá sido de ellas?).

En el colegio inventábamos capítulos de una telenovela que comenzaba frente a nuestro balcón de la Villa Olímpica. A un deportivo convertible rojo se le reventaba un neumático y al bajar, nos encontrábamos con los actores Ted Neeley y Barry Dennen (para entonces, Pilatos era mi elegido) que paseaban de incógnito en Chile. Por supuesto, andaban buscando actrices. Después de un culebrón de peripecias, nos invitaban a Israel para filmar  la segunda parte de Jesucristo Superstar. Venían también otros musicales inspirados en Ben Hur y Quo Vadis. ¡Éramos estrellas antes de los treinta años!.

Un luminoso paréntesis

Cuando nos graduamos del colegio, aquella conexión tan íntima con la  película se diluyó. Las joyitas, ropas y afiches fueron quedando atrás. El disco fue reemplazado por cassettes de otros grupos de moda. De repente, en Semana Santa nos llamábamos para avisarnos que en la tele iban a dar la ópera rock. En alguna conversación prometimos visitar las locaciones reales en Israel, pero ahí quedó el proyecto. Los laberintos de nuestras vidas nos llevaron a experiencias muy diferentes a un Hollywood de neón.  

Reflexionado, siento que esa intensa época entre  los 14 a los 17 nos dejó una dulzura en el alma. Entre tanto rock, canciones, personajes, actuaciones, poemas y el esbozo de los primeros amores, visualizamos al propio Jesús escondido detrás del director Norman Jewison. Un legado que solo en la adultez pudimos comprender.

(María del Pilar Clemente B)

viernes, 10 de enero de 2020

Luces y sombras del boicot a la PSU


¿Quién tiene la razón?

LUCES Y SOMBRAS: ¿Boicot a la prueba PSU?

 

El violento boicot de los secundarios dejó abiertas muchas preguntas (y emociones)  ¿Hasta qué punto se llega por una buena causa? Lo cierto es que el tema de la PSU no era nuevo. Durante el movimiento estudiantil del 2011 (que convirtió en diputados a Camila Vallejo y Giorgio Jackson, entre otros), se acordó discutir con las autoridades el reemplazo de la pruebas SIMCE (evaluaciones estándar que se aplican durante la enseñanza básica y media) y la PSU para el ingreso a la universidad. En un informe enviado a la UNICEF en el 2014, la ACES proponía un test tipo bachillerato y cursos propedéuticos (entrenamiento previo) más las notas de enseñanza media. Paradojalmente, la sumatoria del curso, prueba y notas “no tendría relevancia”. Es decir, igual todos podrían ingresar a una carrera. Ante falta de acuerdo, el Consejo de Rectores optó por mantener la PSU. Hoy, en  vez de convencer a los casi 300.000 estudiantes que se inscribieron para dar la prueba, los dirigentes secundarios optaron por las amenazas y boicot. El resultado ya lo conocemos. ¿Héroes o villanos?

“Para cambiar todo el sistema” (lema del boicot), se atropelló la voluntad de la mayoría de los asistentes. Seamos claros. Si todos los secundarios hubiesen estado de acuerdo, muy pocos se habrían inscrito o presentado en los locales. Ahora mismo, deberían estar advirtiendo que nadie asistirá a la segunda chance del 27 y 28 de febrero. Todo indica que los “representados” aspiran a retornar. En otras palabras, ocurrió como si un grupo en contra del River Plate no dejara entrar al estadio a los fans que sí desean ver a su equipo de fútbol. ¿Amerita aplicar la Ley de Seguridad del Estado a Víctor Chanfreau y los otros dirigentes? Probablemente no, pero los afectados sí tendrían derecho a iniciar demandas por haber sido obligados a “quedarse fuera” de la medición. (Peor aun si los mencionados dirigentes aceptan el trofeo de ingresar sin PSU que les ofrecen algunas universidades).

Hay todo un símbolo. El gobierno ha buscado eliminar el ramo de historia como obligatorio, la  prueba de historia fue la más afectada con el boicot y el presidente de la ACES, Víctor Chanfreaud, quiere ser profesor de Historia.

De Libertad de Educación a Derecho a la Educación

Con la revolución de los pingüinos en el 2006 se puso en jaque la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE). Firmada por Pinochet en 1990, afianzaba la municipalización, los subsidios y la libertad para abrir establecimientos educacionales. En el 2009 fue cambiada por la Ley General de Educación, con énfasis en la calidad y ausencia todo tipo de discriminación. Algo equivalente al derecho a la educación. El tema fue la gratuidad para la PSU, el pase escolar, educación sexual, mejor alimentación, becas, arancel diferenciado. La gratuidad primero se pensó para los secundarios, pero luego solo se habló de los universitarios. Surgió la idea de una malla curricular similar para todo el país. Antes de aplicarla primero había que acabar con los colegios subvencionados y particulares (no se pudo avanzar). ¿Y los profesores? Durante el movimiento del 2011 se sumó con fuerza el Colegio del Profesores. Sin embargo, las demandas se centraron en salarios, en el no a la evaluación docente, el tamaño de los cursos y las presiones para el SIMCE. ¿Cuál sería el maestro ideal para los secundarios? ¿Será el profesor Merlí de Barcelona? ¿John Keating de la sociedad de los poetas muertos? ¿Cómo definen la calidad? ¿Desean bibliotecas, laboratorios, videotecas, talleres, deportes, psicólogos, orientadores? ¿Conocen la diferencia entre el estilo educacional de los nórdicos y los chinos? (ambos de excelencia). Hay pocos detalles. El problema es que el profesor es visto como “representante del sistema”. Ahora mismo, el Consejo de Rectores ha pasado a ser otro “ente autoritario” para los aspirantes a universitarios. ¿Y si el boicot se transforma en la herramienta para combatir contra los docentes “injustos”? ¿Cómo se imaginará Víctor Chanfreau haciendo clases? Sin duda, el único maestro “antisistémico” que ganaría sus aplausos es el docente que fue a la cárcel por destrozos en el Metro.

Olvido de la educación pública

En abril del 2006 las lluvias inundaron el Liceo A-45 de Lota. Las imágenes de las precarias condiciones indignaron a todos los alumnos de la región. La furia aumentó cuando el Ministerio de Educación aumentó el monto para inscribirse en la PSU y limitó el uso del pase escolar. Entonces, el 19 de mayo ocurrió la legendaria toma del Instituto Nacional, acto que se repitió en todos los planteles emblemáticos. Comenzaba la revolución colegial de los pingüinos (color del uniforme). Sus demandas eran justas: Querían mejor infraestructura, inversión en calidad y profesores para todos los liceos  públicos desde la básica a la media. Luego, las exigencias dejaron de lado lo micro y volaron hacia el macro. De la exigir los mejores colegios públicos de Chile, pasaron al lema de hoy “Queremos cambiarlo todo”. En el 2016 en una entrevista realizada a Ramiro Hernández (un ex alumno de aquellos primeros indignados en Lota), recordó que los techos de los planteles fueron reparados, pero que la sombría realidad educativa siguió igual. Por otro lado, el otrora famoso Instituto Nacional (pionero en la lucha), terminó bajando sus estándares, con rectores de puerta giratoria y pérdida de prestigio. Así lo describen varios ex alumnos en el reportaje de La Tercera “Instituto Nacional: Cuando el primer foco de luz comenzó a apagarse” (2019).

¿Qué pasará?