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domingo, 17 de agosto de 2025

MADRE E HIJA A LOS VEINTIDÓS




Desde su mágica invención, la fotografía es un arte que dialoga con oxidadas historias de fantasmas. A  diferencia de una pintura, congela para siempre un instante que la crueldad del tiempo se encarga de convertir en un espíritu del ayer. Hace poco, ordenando cajas con papeles, cartas y documentos, me encontré con numerosas fotos familiares. Dos retratos en blanco y negro me llamaron la atención. Uno era de mi mamá y el otro, mío. Aunque me han acompañado por décadas, recién ahora me fijé en un detalle clave. Fueron tomados cuando ambas teníamos veintidós años. ¿En qué estábamos pensando? ¿Cuál fue la situación detrás de la cámara? 


Dulzura  y esperanza de 1958


Olga, mi madre, se encuentra asomada en una ventana y parece conversar con alguien situado en el piso inferior. Dada su naturalidad, se trata de un acierto fotográfico logrado por su primo Sergio Troncoso, aficionado a las modernas cámaras que algún amigo traía desde los Estados Unidos a Chile. La ventana corresponde a uno de los dos departamentos del edificio emplazado  en la esquina de Marín con avenida Italia, en Santiago. Era (y es) un barrio residencial, muy cercano al centro de la ciudad. La sombrerería de la familia Girardi y las pastas de los Piamonte (precursores del restaurante Da Noi) habían dado el nombre a la avenida principal. A unas pocas cuadras, se hallaba la parroquia San Crescente, eje del barrio Santa Isabel. Varios miembros de la familia Magallanes habían protagonizado en ella matrimonios, bautizos y funerales.  Siguiendo la tradición, mis padres se habían casado allí en 1957. En el momento de la fotografía, arrendaban el departamento colindante al de los Troncoso Magallanes, en el segundo piso.  Al atardecer, ambas familias cerraban la puerta del primer nivel y abrían las de cada hogar. Los primos llegaban con sus cónyuges e hijos y se armaban improvisadas tertulias, sazonadas con los exquisitos cócteles que preparaban Sofía y la mamaJovita, maestra de la cocina.  Miguel, mi papá, era el “español recién llegado” y todos se esmeraban por acogerlo. Les gustaba escucharlo cantar zarzuelas y declamar poesías. 


Época feliz


A sus veintidós años, Olga iniciaba una etapa resplandeciente, reflejada en su confiada y breve sonrisa. En su mirada, hay una dulzura que los párpados ocultan con disimulada coquetería. Además de estar enamorada y en plena luna de miel, tiene un empleo que le fascina. Es secretaria en la agencia de publicidad McCann-Erickson, donde se relaciona con la vanguardia creativa de esos años. Pronto habrán elecciones presidenciales, en las que Jorge Alessandri figura como posible ganador. En las tertulias de Marin se habla amigablemente de política. Ni la revolución cubana ni el terrible terremoto de 1960 ocurren aun. Es un periodo de estabilidad económica y todos hablan de asistir al Estadio Nacional para aplaudir el clásico futbolero entre los equipos de la Universidad de Chile y la Católica. Mi mamá se siente acogida, el futuro le hace guiños prometedores. Ahora tiene la fuerza para cicatrizar las heridas de su infancia. Esa  luz interior le ilumina el rostro y la embellece en su relajado atuendo cotidiano. Ella conversa con alguien en la calle, el barrio, sus tiendas, cafeterías y su gente, son parte de su nueva vida de mujer casada. ¿Soñará también con ser madre?


La romántica de 1984


Mi retrato no tiene nada de natural ni de “acierto”. Es una producción con un fotógrafo profesional. Llevo casi un año haciendo la práctica periodística en El Mercurio. Eran seis meses, pero me lo han prolongado, lo que es una buena perspectiva porque el diario se  encuentra enfrentando la crisis económica de 1982. Los encargados de finanzas han descubierto que las  fotos ilustrativas de reportajes se pueden hacer con la buena disposición del personal existente. Estimular la vanidad de “salir en la prensa” significa un ahorro en modelos y en la compra de material gráfico. Para el caso de la foto, se trataba de un tema solicitado por la Revista Ya, relacionado con el cuidado del cabello.  Alguien me sugirió participar en las pruebas.  ¡Mil películas pasaron por mi mente! El ego subió. Me dieron libertad para llegar vestida según mis preferencias. Escogí una blusa ornada de encajes blancos. Según yo, me otorgaba un look romántico de etérea belleza. Homero Monsalve fue el fotógrafo encargado de tomar las diapositivas. Al notar mi atuendo, tuvo la gran idea de hacerme posar entre las flores. Al parecer, no pude sonreír en ninguna de las imágenes. Mi rostro refleja conflictos interiores que, entonces, me atormentaban. A mis veintidós años, el futuro me aterrorizaba. Junto a la recesión económica, la tecnología de la prensa estaba cambiando. Acababan de despedir a varios periodistas y funcionarios. La televisión crecía en detrimento de los diarios. ¿Me había equivocado de carrera? Pinochet se encontraba en el poder y las libertades eran pocas. ¿Qué venía ahora? Había cumplido con la meta del colegio y la universidad. El Mercurio no me convencía del todo.  Llevaba varios años de pololeo ¿Casarme? No me sentía enamorada y me daba miedo  decirle la verdad. Mi retrato no fue aceptado. Fue un balde de agua fría. ¿Tan fea soy? Sin duda, buscaban la sonrisa angulosa de Farrah Fawcett o la agresividad punky de Cindy Lauper. Homero me regaló la foto traspasada a blanco y negro. Quedaron impresos unos ojos tristes, aferrados a la nostalgia de una infancia feliz, lejana, decorada con encajes blancos del último cuento de hadas.  




miércoles, 16 de abril de 2025

CUANDO EL TIEMPO ERA UN PAJARITO


Durante un viaje al sur de Chile, ingresé a una exposición de relojes antiguos en el Club Alemán de Puerto Varas. Eran obras del siglo XIX traídas a Sudamérica por colonos germanos. Hasta 1980, estos relojes de mesa o pared ocupaban un lugar relevante en los hogares. Yo nunca tuve uno en mi casa, ya que en general llegaban por herencia o por viajes a Europa. Eran caros, hechos para durar. Entonces, saber la hora implicaba detenerse frente a estos objetos de “corazón metálico”, adornados con maderas labradas en forma de hojas, ramas, cornucopias, casitas y animales del bosque.  
Cada ciclo era anunciado con cantos de pajaritos “cucú”, campesinos danzantes, soldados en marcha o carruajes de fiesta. Dulces melodías de carillón celebraban la alegría de estar vivo un día más. Porque de eso se trata el tiempo, del camino entre el nacer y el morir. Ley que rige para seres vivos y objetos materiales. Por ejemplo, el germen de un futuro plato de cristal se encuentra en la arena e ingredientes de su fabricación. Luego, será comprado y servirá durante largos (o pocos) años en alguna mesa familiar, hasta que un accidente (o rabieta) lo transforme en un puñado de vidrios rotos. 

 Relojes como premio

De mi niñez, recuerdo ruidosos despertadores y los locutores diciendo ¿Qué hora es?en las radios locales.  Durante mi adolescencia, los apoderados todavía regalaban finos relojes pulseras a sus vástagos graduados del colegio. Era un símbolo de responsabilidad el calcular las actividades de la jornada por sí mismo. Los diseños y marcas para varones destacaban la masculinidad, el deporte, la vanguardia tecnológica y el poder económico. Los de mujer, acentuaban su aspecto de joya y la modernidad de la “mujer activa”. Curiosamente, el reloj era también un obsequio pensado para premiar  a los jubilados. Solemne tradición que los relojes digitales, omnipresentes en todos los aparatos electrónicos, ha dejado atrás. Hoy, se compran por frivolidad o lujo, más que para ver la hora. Esta última función ha sido delegada a los celulares y a sus equivalentes de pulsera.

 

¿Movimiento hacia la eternidad? 
Los relatos antiguos dicen que cuando el Padre celestial expulsó del Paraíso a Adán y Eva, se puso en marcha el engranaje del tiempo. Es decir, el movimiento constante que va dejando las huellas de un antes y un después. En los caminos del bien y del mal, surgieron las bifurcaciones, salud-enfermedad, juventud-vejez, luz-oscuridad, construir-destruir, nacer-morir. Junto a ello, el medir el universo se transformó en culto y luego, en ciencia. ¿Con cuántos métodos el ser humano ha calibrado su paso sobre la Tierra? Celebrar las estaciones del año, seguir el dibujo del firmamento, analizar la largura de las sombras, observar la arena o el agua en las clepsidras, escuchar el canto del gallo, las campanas de las iglesias y el ruido de los trenes. Todo lo que se torna en sólida rutina se puede establecer como medida de la jornada. 
La verdad escondida del tiempo ha asustado también a los hombres. El dios Saturno o Cronos en su capacidad de “devorar a sus hijos” es una suerte de terror que el pintor español, Francisco de Goya, visualizó como un monstruo hambriento de la flor, del insecto efímero y del bebé que cierra sus ojos a la hora de nacer. Como dice el tango: “no somos nada”. 

 

Como cuentos de hadas
Aquellos relojes de pared, con sus pajaritos de madera, sonidos musicales, agradable artesanía y misterioso “tic-tac” simulaban cuentos de hadas, historias inconclusas, porque la palabra “fin” implica cerrar un capítulo o toda una novela. Y eso no nos gusta. Su tecnología mecánica nos habla de cómo eran las cosas antes, cuando el tiempo transcurría lento porque las vidas eran cortas. En un universo cambiante, el disfrutar el presente es un arte que la abundancia permite, sin embargo, el exceso de estímulos y la simulación virtual de la realidad, nos alejan del verdadero significado de las huellas que vamos dejando en el camino entre el bien y el mal. Así será, hasta que recuperemos el Paraíso. Mientras tanto, como dijo el filósofo Heráclito, nos bañamos en el río, creyendo que se trata de la misma agua, pero es una ilusión. “¡Cucú!”





martes, 19 de diciembre de 2023

Un Manzano Para Inspirar el Otoño


Mauricio Tolosa nos invita a Arborecer. Es un verbo. La acción de “volverse árbol” o “florecer” en un significado abierto, sugerente y ambiguo. Es  una puerta que une lo biológico y lo espiritual. Es también, una  de las  enseñanzas de su libro “Mi maestro el manzano, Bitácora íntima de un viaje al Reino Plantae”. 
La delicada ilustración de portada nos propone un triángulo comunicativo entre la rama del manzano, el colibrí (segundo protagonista) y el lector. El mensaje lo siembra el autor en las páginas de un  relato que explora el vuelo  poético y autobiográfico.
“La mayoría de las personas no ven las plantas y menos, distinguen diferencias y detalles (…) solo poniendo algo de atención es posible darse cuenta de que al interior de una misma planta hay varios verdes, y que si están naciendo hojas nuevas es muy notoria la diferencia de los colores, brillos y texturas”.
En cada párrafo hay un desafío: detenerse,  observar, darse tiempo, relajarse y crear  las condiciones para ingresar al portal del Mundo Plantae. 

Experiencias vitales

Conozco a Mauricio desde nuestros tiempos universitarios. Ha recorrido numerosas etapas: periodismo, viajes, fotografía y empresas comunicacionales; siempre con  un pulso que oscila entre la racionalidad Occidental y la profundidad Oriental. Como todos, ha tenido momentos de felicidad, dolor, amor, decepción, miedo y esperanza. Cada experiencia ha sido un escalón conducente a este libro. 

Como él mismo lo dice, es oriundo de Punta Arenas. Conoció jardines familiares, los bosques de la Patagonia, parques de muchas ciudades, montañas, ríos, templos, modernidad y ancestros en Chile y el mundo. Las plantas estuvieron a su lado. Le gustaban, pero sin gran atención. Como la mayoría de los humanos, pensaba que eran un decorado de fondo, la escenografía natural (y algo monótona) del vertiginoso ritmo social, de los cambios, las luces, las pantallas y lo artificial. Valoraba su utilidad alimenticia y farmacéutica, pero desde la urbe. Compró la casa de sus sueños en Santiago, sobre los faldeos montañosos de Los Andes. Sin imaginar lo que vendría,  plantó un manzano japonés, jazmines y un romero en un patio interior. Otro pequeño terreno lo llenó de árboles, demasiados. Al crecer, algunos no sobrevivieron. El jacarandá y el cerezo se convirtieron en adultos fuertes y sanos, ayudantes del profesor manzano. Junto a ellos, surgió toda una fauna de insectos y aves, porque las plantas nunca están solas Este espacio sería bautizado como “jardín de la gratitud”.  
Un quiebre en su salud y luego,  la pandemia, lo obligaron al encierro. Se habría desesperado hasta que algo lo impulsó a fijarse en la corteza de su árbol favorito. Unas inusuales figuras lo invitaron a registrar lo ocurrido en fotos. Así, fue desarrollando un sentido especial para escuchar el ritmo del crecimiento de la energía vegetal. Una suerte de comunicación intuitiva de símbolos y sueños, que incluyó a una familia de colibríes. Los mensajes del manzano le trajeron la sincronía con bosques de otras latitudes. Aprendió a recoger la esencia floral, beber infusiones, meditar y descubrir los elementos vitales que se conectan. Esas “casualidades” que llevan a conocer a las personas indicadas en el momento adecuado. Varias de estas emociones las reflejó en Haikus, habilidad que ya había empleado en su libro “Angelos” y en sus talleres literarios.

La tranquilidad del ritmo interior

Durante la pandemia me inscribí en uno de los talleres por zoom de Mauricio. Los ejercicios consistían en observar y recorrer el mundo Plantae que estuviera a nuestro alcance. Era un lluvioso Otoño en Virginia (Estados Unidos). En Chile, estaban en primavera. 
Después de varios errores y bloqueos, me interné en un dorado bosque vecino (muy cerca de mi parcela) para registrar en fotos detalles que me obligaban a detenerme o a regresar al siguiente día. Una nevada adelantó el invierno. Encontré flores silvestres y seguí las instrucciones para hacer esencias. El taller me hizo derribar barreras emocionales para expresar en poesía lo que iba sintiendo. La mirada transformada en lenguaje. Afuera, las noticias alertaban con cifras de fallecidos y medidas de encierro. Afuera, hostilidad, temor. En el bosque, el follaje me abrazaba con la niebla, el aroma a tierra, los hongos de colores, manchas de arte en las cortezas, telas de araña, escarabajos, aves y ardillas, resonando en armonía con las plantas efímeras y centenarias. 
Así, cuando un par de años más tarde, este libro llegó a mis manos, pude comprender muchas cosas de aquel taller literario. Un legado que Mauricio ha dejado volar en libertad para quien desee aprender de su experiencia. Un llamado a encontrar su “árbol maestro” que lo lleve al “maestro de maestros”. Gracias, amigo. 
(María del Pilar Clemente B.)

sábado, 14 de enero de 2023

NOSTALGIAS CON SABOR A CHOCOLATE

 


Cada cierto tiempo, hago budín de chocolate casero. Es un ritual que utilizo para evocar los inviernos cordilleranos de Santiago; mi época de tareas escolares, telenovela de la tarde y horas colgada al auricular, hablando por teléfono fijo con las amigas. Me veo de catorce años, apoyada en la pared, jugando con mi cabello frente al espejo y enrollando con el dedo el espiral del aparato.  
Era fines de los 70’s y estábamos viviendo mi mamá viuda, hermana y yo  en un departamento de Ñuñoa, a tres cuadras de avenida Irarrázaval. Entonces, era una comuna de viejas casonas y pocos edificios altos. En las calles  circulaban escasos  vehículos. Se podía andar en bicicleta y adivinar el ciclo natural de las estaciones, gracias a los pregones, pitos y campanillas de los vendedores de fruta, afiladores de cuchillos y heladeros. Los brotes de la primavera las marcaba el paso del organillero. 
En dicho contexto, mi mamá trabajaba en una oficina durante la semana y dedicaba los domingos a preparar un postre. Sus especialidades eran la leche nevada, el arroz con leche, el flan de sémola, leche asada y el budín de chocolate. Así, cada domingo esperaba su ingreso al refrigerador, la fuente de cristal labrado, humeando su delicioso contenido. Era una pieza de vajilla sobreviviente de un juego que había incluido jarros y pocillos para poner la mermelada. Eran parte de nuestra infancia en Arauco (sur de Chile) del cual solo habían llegado a Santiago la fuente y un gran plato para tortas y queques.

 

SEMANA DULCE

El postre solía durar hasta el miércoles. El jueves y viernes, la fuente permanecía casi vacía en el refrigerador. Mi hermana y yo iniciábamos una tensa guerra fría contra la tentación. Comerse la última cucharada significaba lavar y guardar el recipiente, el que debía estar listo para el cercano domingo.
El budín no siempre le salía bien a mamá. Dependía de varios factores: la energía en el quemador de gas licuado (cocina), la calidad de la leche, el chocolate y el espesor de la maicena. A veces, por más que ella batiera la olla, quedaba semi líquido. Otras, el resultado era una goma dura, capaz de rebotar desde los platos al suelo. Lo más dramático ocurría cuando  el cuajado y la belleza maravillosa del budín…tenían sabor a nada. Eso pasaba cuando mamá no encontraba polvo de chocolate artesanal.  Entonces, el verdadero cacao y el café en grano eran costosos en Chile, por no ser país productor.  Así, aquellas ocasiones en las que el budín salía perfecto, duraba con suerte hasta el martes. Lo devorábamos sin importarnos a quien  le tocaba lavar. A mamá, esa “mala mano” no le sucedía con los otros postres de leche. Era como una “maldición” específica para dicha receta. 

POSTRES “PLÁSTICOS”

En los 80’s nuestra madre descubrió los “flanes y budines rápidos” que venían en unas bolsitas dentro de cajas parecidas a las de gelatina. Según la publicidad, solo había que agregar leche cualquiera y calentar. Otras marcas ni eso: ¡Eran instantáneos¡ Obviamente, existían desde mucho antes,  pero ella (famosa por su buena comida)  se había resistido a los alimentos industriales. Lo único que desde nuestra infancia usaba “en sobre” era la gelatina. En aquel tiempo, las dueñas de casa compraban moldes para elaborar unos imaginativos postes de varios colores, mejorados con trozos reales de fruta y decorados con crema. Eran tan bonitos que solían servirse hasta en las grandes cenas.
Los flanes “babosos” y con gusto a plástico se convirtieron en el “toque final” de almuerzos preparados con sopas y purés de sobre, más arroz pre-cocido. El budín de chocolate y el resto de la repostería desapareció de nuestra cocina. La vanidad de “usar bikini” y jeans ajustados  desterraron las calorías azucaradas. Aumentamos el consumo de ensaladas, aves y pescados. ¿Postre? Simplemente, fruta, aunque la tradición de los abuelos de la familia declaraban siempre que “la fruta no es postre”.

Pasaron los años, universidad, trabajos, matrimonios. La fuente de cristal se quebró y me traje el plato de torta a los Estados Unidos, donde lo tengo de adorno en el living.

No tengo talento para la pastelería y solo algunos postres de leche me salen bien, entre ellos, el budín de chocolate. Es una forma de poner sabor a la nostalgia al estar lejos de mi tierra natal. 


domingo, 20 de marzo de 2022

LA BERGÉRE DE MI MAMÁ

 


En alguna encrucijada cotidiana (de esas que nadie recuerda) este sillón de tradición francesa e ínfulas inglesas se transformó en parte de mi madre. Se incorporó a su ser como sus vestidos de geometría sesentera y su peinado de rubio platino escarmenado. La bergére formó parte del amoblado de recién casados, el hito del traslado de mis padres desde la pensión de Santa Rosa (dónde se conocieron) al departamento de Marín con avenida Italia. 

Era un edificio de esquina, cuyo primer nivel se dividía en unos pocos locales comerciales con salida a la calle. Al segundo piso se accedía por una puerta especial que daba a las escaleras. Sólo habían dos departamentos grandes. En uno de ellos vivían mis tíos abuelos Carlos Troncoso y Raquel Magallanes, acompañados de Sofía y  su hijo Salvador. El resto de los cuatro hermanos estaban ya casados, pero eran visitas frecuentes durante toda la semana. El domingo, era el encuentro especial después de la misa en la iglesia San Crescente, en  la calle Santa Isabel. Quiso el destino que justo el departamento del frente fuese arrendado por mis padres.
Marín fue una etapa alegre para Olga, mi madre. Ella era una secretaria en ascenso en la agencia de publicidad McCann-Erickson, amaba a papá (Miguel Clemente) y tenía la suerte de contar con una familia puerta a puerta. Su dicha se completó al embarazarse de mi hermana, la que nació en 1960. 

Horas de lectura y descanso

Las bergére eran claves en esos tiempos de chimeneas y horas sin televisión. Era un sillón pensado para descansar después de la cena, hacer la siesta o desayunar sin prisa, hojeando revistas. Su forma confortable (a veces, con un pequeño piso destinado a los pies), invitaba a perder la mirada en la lluvia de la ventana o a dejarse envolver en la música breve del tocadiscos. A menudo, cumplía el rol de trono intimidante en los sermones que los adultos impartían a los niños “malulos”. Mamá eligió el sillón expresamente para sus dos pasatiempos favoritos: leer y escuchar noticias o radioteatros. Por eso, lo acompañó de una lámpara de pie, erguida en un delgado pedestal de bronce labrado, que se abría en tres angelotes para atornillar las ampolletas. Una pantalla de tela plisada color crema filtraba la luz.  
Todavía recuerdo ese tapiz en tonos verdes con figuras semi abstractas de árboles. Puede que no hayan sido árboles, pero mi hermana y yo creíamos que la  sedosa tela de la bergére contenía todo un bosque, réplica de la naturaleza de Arauco y la carretera a  Concepción. 
Cuando vine al mundo, el sillón ya había pasado desde sus flamantes momentos en Santiago, al traqueteo de mudanzas y dos casas.  Aquel sillón fue el cobijo de mamá durante sus primeros meses en el sur. La pobreza minera del carbón, la nostalgia de sus seres queridos y la pérdida del mejor empleo de su vida (tuvo que renunciar cuando mi papá fue contratado por la Compañía Minera Lota Schwager) la dejaron dolorida interiormente.  Tuvo que recuperarse a toda prisa porque su barriga estaba creciendo otra vez (era yo) y tenía que cuidar a mi hermana. Afortunadamente, las señoras del barrio le dieron un cálido recibimiento con queques caseros y conversación ilimitada. Ellas serían sus grandes amigas en una realidad donde la empresa era protagonista de casi todas las actividades. 


Cicatrices de sillón


El tapiz verde de la bergére conservó las cicatrices de los cigarrillos fumados en su tristeza y sumó otras, provocadas por nuestros saltos y excursiones infantiles hacia la cima de su respaldo. Ya tenía los resortes destripados cuando mis padres lo mandaron a tapizar al cambiarse al chalet que sería nuestro último hogar en Lota. 

No me gustó nunca el color y textura de la nueva tela. Era áspera y en un escocés de cuadros combinados en café oscuro, claro y crema. Hacía juego con la lámpara y los nuevos sofás de felpa café moro y flecos dorados en los bordes. Me encantaba sentarme en la alfombra verde para trenzar esos flecos y ponerles cintas. Era como peinar a las muñecas. Otra de mis aventuras era meterme debajo del comedor, donde los rayos se filtraban por entre las patas de las sillas, lo que daba la ilusión de troncos altos y centenarios.Yo paseaba autitos de plástico por ese bosque encantado que el sol formaba bajo la mesa. También me entretenía pasar las uñas por el labrado de la lámpara, ya que producía un campanilleo  "de hadas". 


Cuando murió mi padre y nos fuimos a Santiago, la bergére y la lámpara se quedaron en la habitación materna. Una vez más, su tapiz fue permutado por un cuero falso color burdeos. Lucía más elegante, pero el cuero era pegajoso en verano  y frío en invierno. El único televisor de la casa se hallaba allí, por lo que veíamos “Sábados Gigantes”, “Japening con Ja”, el “Crucero del Amor”, “Kung-Fu” y la “Casita en la Pradera” arracimadas  en la bergére o en la cama junto a mi mamá. En aquel sillón se sentaban también las tías y amigas con las que mamá “copuchaba”, mientras mi hermana y yo recibíamos amistades en el living o estudiábamos en nuestro cuarto compartido. 


Una historia que no termina


Una madrugada de enero de 1999, la bergére fue mudo testigo de la muerte de su dueña.  Después del duelo, mi amiga decoradora Paula Rojas vistió el viejo sillón con una tela a rayas rosadas y púrpuras, al estilo de Alicia tomando el té con el sombrerero loco. Pasó a ser parte de mi departamento de divorciada y era un vínculo con su presencia-ausencia. .

No me lo pude traer a los Estados Unidos, pero este legado materno quedó protegido en la casa de mi tía Patricia (su hermana menor), quien le cambió el tapiz por otro estampado en vainilla y rosas. Casi 65 años han pasado desde que la bergére llegó a la calle Marín, donde inició la simbiosis con la feliz novia Olga Briones Magallanes. Una historia que no terminará, mientras su esqueleto de madera siga acogiendo a los descendientes de su amada propietaria. 

domingo, 16 de enero de 2022

La niña del jardín

 



Hay seres que dejan huella aunque el camino compartido haya sido breve. Conocí a la profesora y escritora Rosa Eugenia Peña en el primer otoño de la pandemia. Meses antes, mi esposo y yo habíamos viajado a Chile para asistir al casamiento de mi sobrina. Fue un verano soleado y alegre. Parafraseando al célebre Carlos Pinto (anfitrión del programa de TV “Mea Culpa”), nada hacía presagiar el pánico del Covid19. Con dificultades conseguimos un vuelo de retorno. ¡Todo se cerraba a nuestro alrededor!. 


Iniciamos la cuarentena en nuestra parcela de Virginia. Los aromáticos narcisos, lirios y las flores del nativo dogwood se presentaron con la puntualidad de cada primavera. La naturaleza seguía su ritmo, ajena al encierro, la muerte y los llantos. Con timidez, me asomé a la plataforma zoom, la gran tecnología que nos liberó del aislamiento y la angustia. Gracias a ella pude activar mi participación en el grupo de escritores PEN-Chile. Digo “activar”, ya que hasta antes de zoom, los que vivíamos lejos del terruño, teníamos escasas opciones de asistir a los encuentros, cenas y lanzamientos de libros. 


En medio de este panorama, el comunicólogo y escritor Mauricio Tolosa, convocó a su taller “Florecer”. Los brotes del septiembre sudamericano coincidían con los grises de mi acuarela otoñal. Seis escritoras nos apuntamos al taller. Alentadas por Tolosa, cada una se dedicó a recorrer el mundo Plantae que la rodeaba. Desde Punta Arenas, Úrsula Paredes nos introdujo en los milenarios bosques lluviosos y las voces de los ancestros. Desde México, Alejandra Faúndez recordó un señero viaje al Amazonas brasileño, donde (gracias a la magia de las palabras) nos hizo abrazar el grueso tronco de la Ceiba-abuela. Victoria Uranga nos detalló sus caminatas por los faldeos cordilleranos,  Aurora López conversaba feliz con el aloe vera de su macetero. Por mi parte, re-descubría el color de la hojarasca virginiana. 


La voz de cada flor



Rosa Eugenia fue la única que escogió la simpleza cotidiana de su jardín. Ajena a nuestras exuberancias, optó por explorar la personalidad de cada planta. La unión de estas voces vegetales la daba una niña sin nombre, casi un espíritu, que cuidaba de cada una de ellas. No tardó en cautivarnos con las maravillosas aventuras de su niña. Lloramos con el rosal vanidoso que, por excesiva floración, se cayó del muro que lo sostenía. Escuchamos la historia de amor entre el laurel macho y el laurel hembra. También, la enredadera de glicinas que crecía cerca de la cocina, donde estaba la madre de la niña. Esta enredadera conocía el pasado de la familia, era la protectora del hogar. Poco a poco, Rosa Eugenia se fue mimetizando con su etéreo personaje. Se sentaba frente a su pantalla de zoom con su largo cabello de brillante color ceniza, vestidos estampados de flores y un vaso con rosas frescas a su espalda. Su sonrisa y mirada transmitían la inocencia de una descubridora de tesoros. 

Recuerdo que pasamos dos clases debatiendo sobre un humilde Diente de león que florecía entre las baldosas de piedra del jardín. Esta abundante y pequeña flor amarilla suele ser considerada una maleza invasora. Nos dimos cuenta de que era una planta valiente, dura, capaz de superar toda amenaza. Símbolo de la poesía que se derrama en sus racimos de semillas que los enamorados soplan al viento.

El taller terminó en el verano del 2021. Cada una se comprometió a seguir trabajando en sus temas. Rosa Eugenia se veía entusiasmada. Imaginaba la portada y las ilustraciones de su libro que titularía “La niña del jardín”.


Su padre y la enfermedad


En vez de pensar en sí misma, esta generosa mujer se dedicó a cumplir uno de los grande sueños de su padre, el profesor de Castellano Alfredo Peña. A sus 94 años anhelaba publicar los relatos que llevaba escribiendo, inspirado en la geografía nacional. En mayo, apoyados por Tricipe Editores, padre e hija lanzaron virtualmente la obra “Chile en cuentos”. Fue un diálogo pleno de emociones, con sensación de tarea cumplida y del legado a las nuevas generaciones. Rosa Eugenia destacó a su progenitor, el gran inspirador de su carrera como profesora y master en educación diferencial.

Participé en el evento y compré el libro. Le dije que esperaba conocerla en persona durante mi próximo viaje a Chile. 

La última vez que hablé con ella, muy breve, fue para que me hiciera llegar su video y fotos destinados a la serie “Mi voz interior”, que estamos realizando a través del Comité de mujeres escritoras del PEN-Chile. Con voz suave, me respondió que prefería no participar, que se sentía más profesora que escritora. La noté algo triste, pero no pensé nada grave. 


Nunca supe de su enfermedad. Sin duda, fue algo muy rápido. Poco antes de su partida, observé en su  Facebook una foto en la que se encontraba junto a su familia en alguna playa. Decía estar acompañada por los seres que más amaba. ¡Un momento pletórico de vitalidad!. 

Se despidió en el estilo de la misteriosa niña de su lugar encantado. Luminosa como el Diente de León, capaz de germinar en cualquier adversidad. 

¡Hasta pronto, maestra!. Ya compartiremos el cafecito que dejamos pendiente. Sé que la glicina archivó tu historia entre sus  pétalos. 


 

viernes, 9 de julio de 2021

¿Una Escultura para Representar a la Mujer Chilena?


La mujer chilena será representada por una escultura que acaba de ganar una convocatoria público-privada. Así, el colectivo conformado por las artistas Josefina Guilisasti, Cecilia Puga, Paula Velasco y Bárbara Barreda, dispondrán de seis meses para levantar su obra en el Parque de Los Reyes, en Santiago. Hasta ahí, todo bien. El problema es el objetivo del concurso: “Visibilizar el valioso aporte de las mujeres al desarrollo de nuestro país y mostrar su amplia diversidad”.


La mega-escultura de 9,5 metros de alto, 13,5 metros de largo y 8,5 metros de ancho abre la pregunta si realmente cumple con la finalidad solicitada. Con buena voluntad es posible imaginar que una red entretejida por tubos de acero tiene algo de tapiz femenino.  El diseño, que permite ingresar a su interior a los visitantes, se puede interpretar como la esencia de un útero o un frío abrazo cordillerano. Lo cierto es que el “valioso aporte” a la “diversidad” de nuestras coterráneas no se aprecia en la obra, aunque sin duda, refleja el trabajo colectivo de las autoras. Entonces, ¿Se trata de una celebración al gran esfuerzo creativo de las artistas o de una representación intimista y universal de la mujer chilena?.


No culpemos al jurado. Importantes artistas analizaron las cincuenta propuestas antes de tomar la decisión. Los organizadores son también prestigiosos: El Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, el Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), la Municipalidad de Santiago y el Capítulo Chileno del Museo Nacional de la Mujer en las Artes (NMWA). Hasta ahí todo bien. Lo que parece no funcionar es el “tema representativo”. Es decir, se presupone la idea de mujeres chilenas representadas y acogidas. ¿Se cumple dicho objetivo?. 

Como a los artistas plásticos  el tema no les “hace ruido”, invitamos a seis miembros del Comité de Mujeres Escritoras del PEN  Chile para saber si se sienten representadas desde las letras.


Opiniones desde las letras


Cristina Wormull


Cristina Wormull señala: “Discrepo con el concepto implícito para definir lo femenino. También, con que se deba realizar un homenaje a la mujer. Es similar a celebrar el Día de la Madre, ensalzando sus virtudes hasta el empalagamiento, en desmedro de sus otras cualidades, las que son opacadas ante una imagen de madre virginal y santa”.

Wormull agrega que a nadie se le ocurriría hacer una escultura en homenaje a los hombres de Chile. “El mero hecho de idear una escultura en honor del género femenino es un insulto, una mirada machista y paternalista de la mujer”. 

Para la escritora, el país está en deuda con destacadas féminas, como por ejemplo, la primera mujer médico de Chile y Sudamérica, Eloísa Díaz; Elena Caffarena y su aporte a la integración política y social de la mujer; María Luisa Bombal, tremenda escritora (quién además de no recibir el Premio Nacional de Literatura, fue muy ninguneada por sus colegas varones). Menciona también a Gladys Marín, Olga Poblete y a tantas otras.

“Realizar una obra artística en honor a la Mujer Chilena es lo mismo que el monumento al Roto Chileno, paternalismo y feudalismo”.


Virtuosismo, buena técnica, pero…


Yasmín Navarrete

Cecilia Almarza


Yasmín Navarrete, Física de profesión, poeta e integrante del Comité de Mujeres Escritoras, manifestó que la escultura ganadora puede ser un buen ejemplo de virtuosismo, técnica y materiales, pero el conjunto resulta abstracto y poco apegado a las raíces de lo femenino. Al respecto, explicó: “No me siento representada por la obra. Creo que un ingeniero podría apreciar mejor su calidad. Sin embargo, en cuanto al simbolismo de lo femenino, la calidez, afecto, fortaleza y lucha irrevocable, sólo los colores se acercan a dichas cualidades”. 


Para Navarrete, los organizadores desaprovecharon la oportunidad de la contingencia social respecto al género y al sentido de lo femenino: “Ya que será instalada en el Parque de los Reyes, se pudo contemplar mejor el contexto natural para conectar con la naturaleza, las raíces, lo cíclico y el misterio mismo de la vida, de la madre Tierra y de los espacios orgánicos, pero al menos, abre una discusión”.


La poeta Cecilia Almarza confiesa sentir escalofríos ante tan fría estructura metálica: “A esa red le falta alma. Parece chiste pero presenta una mirada demasiado neoliberal. Le falta tierra, hembra originaria, emoción, fuerza, fuego, en suma, le falta mujer. Como diría la escritora nicaragüense, Gioconda Belli, le falta cuidadanía”.  


Alejandra Faúndez, escritora y encargada de estudios de género, señala que la escultura le parece muy conceptual: “demasiado abstracta en un contexto en que las mujeres han dado muestras de mucha resiliencia y capacidad de gestión y luchas  en los hogares y en la calle. Pienso que el arte debería mostrar a la mujer en su contexto actual”. 


Alejandra Faúndez



Se alza hacia las nubes


Muy distinta es la opinión de Carmen Tornero: “Me parece notable esta enorme obra de arte confeccionada por manos femeninas. Me impresiona verla alzarse hacia las nubes en un material tejido en cálidos rojos. Una rigidez ablandada por las caricias de manos femeninas, reflejo de la firmeza y creatividad de nuestra escultoras”.

La escritora se califica poco erudita en artes plásticas, pero gran amante de la belleza y de la estética. Agrega: “Me complace esta mujer de erguida con la frente en alto. Ella no solo refleja a las féminas de nuestro país, sino que a las figuras del género  en cualquier parte del mundo. No importa si me representa o no. Eso es lo de menos. Lo importante será lo que sienta quien se detenga a admirarla”. 


María Violeta Güiraldes piensa parecido: “El monumento es bonito y la elección desde el punto de vista estético me parece bien. Reconozco que es una expresión muy moderna para que yo, que pertenezco a una generación más antigua, me sienta representada o vea en ella a una mujer. En todo caso, al leer el análisis que hicieron para preferirla, calza con mi forma de apreciar lo femenino”. 


Carmen Tornero

Violeta Güiraldes




Hombres y mujeres no son reflejados por igual


Blanca del Río, escritora y ex presidenta de PEN Chile, reflexiona sobre los homenajes artísticos otorgados a varones y mujeres en los espacios públicos chilenos. “Un catastro realizado por el Consejo de Monumentos Nacionales revela que de las 621 estatuas, bustos y placas conmemorativas, solo el 4,7% correspondes a mujeres (57% a hombres y 38% a batallas o eventos históricos). En el caso de Santiago, solo seis monumentos corresponden a Gabriela Mistral, nuestro Premio Nobel. Sin embargo, no son atractivos. Se tiende a presentarla  como una adusta profesora, vestida de gris o de negro, dedicada a los niños, aunque su obra es mucho más trascendente”. 


Del Río explica que la misma invisibilidad se da en los nombres de las calles. “El feminismo y la perspectiva de género han problematizado esta desigualdad en el espacio urbano a la hora de diseñar y construir las ciudades. Han intentado entregar una nueva mirada sobre las luchas y logros de las mujeres a través del espacio público  y digital”. 


En cuanto a la escultura ganadora, comenta que si bien el colectivo de artistas que la creó dice reflejar las tensiones o miedos exteriores ancestrales, frente al espacio interior protegido, que sería una nueva forma de habitar, lo cierto es que su diseño parece haber sido concebido para un museo o para un público selecto: “Me refiero a que no permite al ciudadano común ni a escolares o estudiantes, imaginar y visibilizar la participación de las mujeres en el desarrollo socio-económico, político y cultural de Chile. Tampoco trasciende su función de gestación-creación y maternidad  ni en su aporte creativo en el seno de su comunidad y en la literatura chilena”. 



Blanca Del Río


jueves, 10 de junio de 2021

Ahue Mahatu, mi corazón llora y canta


 

Isla de Pascua, 1961

 

-¡Llegó la Marcoyora!

La niña (a la que todos llamaban Clara Pao) trepó a una roca y observó el barco en el horizonte de circularidad infinita. No corrió hacia la caleta junto a los demás, aunque sentía curiosidad por conocer a la Marcoyora, la Margot cantora. Había escuchado a las madres narrar la historia de María Ignacia Paoa y de cómo la Marcoyora había logrado que danzara Sau Sau en un escenario gigante, de cortinas rojas y lámparas de cristal. Muy diferente al humilde galpón donde la Armada proyectaba películas que tenían el color de las noches de luna. Según las madres, gracias a la Marcoroya, los chilenos del “conti” habían apreciado el valor de los Rapa Nui. Aquel triunfo era una señal de que el futuro podía ser diferente a los tenebrosos tiempos de la “Compañía explotadora”. Clara Pao quiso saber más de esa época, pero los mayores le explicaron que los recuerdos dolorosos enfermaban a los Aku Aku y cuando las almas de los ancestros se enferman, los sueños salen malos.

Sobre la cubierta del Presidente Pinto, Margot mantenía la vista en los botes que se aproximaban para llevar a tierra a los viajeros. Después de siete días en alta mar, la niebla vestía a los volcanes dormidos con transparencias de novia. Deseó que Felipe Riroroco Teao estuviera en alguna de esas casitas de colores que se perfilaban en la bahía. Sabía que era imposible, porque el capitán le había contado que estaba cumpliendo tareas de marinero en el Chile austral. Margot había aprendido de los campesinos, que los deseos hacen que las cosas se vayan encadenando hasta ocurrir. Diez años atrás, cada eslabón se había unido para que conociera a Felipe en un hospital. Necesitaba alojamiento y ella se lo había dado. Así, a través de aquel marinero fornido y de corazón musical, había conocido antiguas canciones Rapa Nui. Gracias a Felipe, ella se encontraba ahora en aquel territorio insular, tan poco comprendido por muchos  chilenos que reducían el folclore a las empanadas, el rodeo y la cueca.

Por su edad, era la tercera vez que Clara Pao estaba presente en el arribo anual del buque. Como siempre, escuchó a los mayores hablar de los documentos. Clara Pao se preguntó porqué parecían ser tan importantes. Soñó que los documentos eran collares con poderes especiales. Quizás permitían volar o sanaban a los enfermos que estaban al otro lado de Hangaroa. Posiblemente, permitían ir a conocer el “conti”, pues era difícil salir de la isla. Todos sabían que Felipe Riroroco Teao se había inscrito en la Armada para atravesar el horizonte de circularidad infinita. Después, lo había seguido María Ignacia Paoa, por ser la reina del Sau Sau.  

Margot abordó el bote de los Pakarati, quienes  le había ofrecido hospitalidad. Cuando llegó a la orilla, todos querían abrazarla y darle algún regalo. En la atmósfera flotaba el delicioso aroma de los asados en piedra caliente. Las mujeres Pakarati la mimaron con jugos de fruta y arreglaron su cabellera con adornos de hojas de piña. Así comenzaron las celebraciones y el intercambio de conocimientos. Margot quería aprender, comprender cada baile, letra y canción. Entonces, vio a una niña de frágil apariencia, escondida detrás de un bananero. Le hizo señas para que se acercara y le preguntó su nombre. Cuando ella se lo dijo, agregó:

-Bien, Clara Pao. ¿Dime que te gusta hacer?

La niña lo pensó. No era buena para danzar, cocinar, tejer ni cantar. Al final, respondió:

-Me gusta contar sueños.

Todos aplaudieron. Margot la miró a los ojos e indagó:

-¿Y tú con qué sueñas?

-Con que los moais un día se van a levantar.

 Algunos rieron, otros creyeron. El corazón de Margot latió con esa misma mezcla de dolor y felicidad con que despidió a Felipe en el muelle de Valparaíso. Aquel día, a bordo del Presidente Pinto se encontraba una comitiva científica y académica destinada a acompañar al escritor de la loca geografía, Benjamín Subercaseaux en su misión de redactar un informe para el desarrollo de Isla de Pascua. Mirando a la niña soñadora, Margot evocó el optimismo que reinaba en aquel muelle, los guitarreos, las palmas al viento, la complicidad de Felipe Riroroco y del sargento de aviación Rapa Hango, enriqueciendo las tonadas con sus  ritmos polinésicos. Tuvo la certeza de que los deseos de esa delicada pequeña se irían encadenando hasta ocurrir. Un día, los gigantes caídos elevarían sus ojos pétreos al cielo y los isleños serían admirados en todo el mundo. El secreto se lo había enseñado Felipe: Mientras el corazón-mahatu, se llene de risa, lágrimas y canto, dejaremos una huella en esta vida.   

NOTA: Realidad-ficción inspirada en la folklorista Margot Loyola, ganador del segundo lugar en el concurso convocado por el Museo Violeta Parra, la Biblioteca Nacional y la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva por los cien años de esta cantautora e investigadora de las tradiciones chilenas.