Mostrando entradas con la etiqueta hispanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hispanos. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de enero de 2023

NOSTALGIAS CON SABOR A CHOCOLATE

 


Cada cierto tiempo, hago budín de chocolate casero. Es un ritual que utilizo para evocar los inviernos cordilleranos de Santiago; mi época de tareas escolares, telenovela de la tarde y horas colgada al auricular, hablando por teléfono fijo con las amigas. Me veo de catorce años, apoyada en la pared, jugando con mi cabello frente al espejo y enrollando con el dedo el espiral del aparato.  
Era fines de los 70’s y estábamos viviendo mi mamá viuda, hermana y yo  en un departamento de Ñuñoa, a tres cuadras de avenida Irarrázaval. Entonces, era una comuna de viejas casonas y pocos edificios altos. En las calles  circulaban escasos  vehículos. Se podía andar en bicicleta y adivinar el ciclo natural de las estaciones, gracias a los pregones, pitos y campanillas de los vendedores de fruta, afiladores de cuchillos y heladeros. Los brotes de la primavera las marcaba el paso del organillero. 
En dicho contexto, mi mamá trabajaba en una oficina durante la semana y dedicaba los domingos a preparar un postre. Sus especialidades eran la leche nevada, el arroz con leche, el flan de sémola, leche asada y el budín de chocolate. Así, cada domingo esperaba su ingreso al refrigerador, la fuente de cristal labrado, humeando su delicioso contenido. Era una pieza de vajilla sobreviviente de un juego que había incluido jarros y pocillos para poner la mermelada. Eran parte de nuestra infancia en Arauco (sur de Chile) del cual solo habían llegado a Santiago la fuente y un gran plato para tortas y queques.

 

SEMANA DULCE

El postre solía durar hasta el miércoles. El jueves y viernes, la fuente permanecía casi vacía en el refrigerador. Mi hermana y yo iniciábamos una tensa guerra fría contra la tentación. Comerse la última cucharada significaba lavar y guardar el recipiente, el que debía estar listo para el cercano domingo.
El budín no siempre le salía bien a mamá. Dependía de varios factores: la energía en el quemador de gas licuado (cocina), la calidad de la leche, el chocolate y el espesor de la maicena. A veces, por más que ella batiera la olla, quedaba semi líquido. Otras, el resultado era una goma dura, capaz de rebotar desde los platos al suelo. Lo más dramático ocurría cuando  el cuajado y la belleza maravillosa del budín…tenían sabor a nada. Eso pasaba cuando mamá no encontraba polvo de chocolate artesanal.  Entonces, el verdadero cacao y el café en grano eran costosos en Chile, por no ser país productor.  Así, aquellas ocasiones en las que el budín salía perfecto, duraba con suerte hasta el martes. Lo devorábamos sin importarnos a quien  le tocaba lavar. A mamá, esa “mala mano” no le sucedía con los otros postres de leche. Era como una “maldición” específica para dicha receta. 

POSTRES “PLÁSTICOS”

En los 80’s nuestra madre descubrió los “flanes y budines rápidos” que venían en unas bolsitas dentro de cajas parecidas a las de gelatina. Según la publicidad, solo había que agregar leche cualquiera y calentar. Otras marcas ni eso: ¡Eran instantáneos¡ Obviamente, existían desde mucho antes,  pero ella (famosa por su buena comida)  se había resistido a los alimentos industriales. Lo único que desde nuestra infancia usaba “en sobre” era la gelatina. En aquel tiempo, las dueñas de casa compraban moldes para elaborar unos imaginativos postes de varios colores, mejorados con trozos reales de fruta y decorados con crema. Eran tan bonitos que solían servirse hasta en las grandes cenas.
Los flanes “babosos” y con gusto a plástico se convirtieron en el “toque final” de almuerzos preparados con sopas y purés de sobre, más arroz pre-cocido. El budín de chocolate y el resto de la repostería desapareció de nuestra cocina. La vanidad de “usar bikini” y jeans ajustados  desterraron las calorías azucaradas. Aumentamos el consumo de ensaladas, aves y pescados. ¿Postre? Simplemente, fruta, aunque la tradición de los abuelos de la familia declaraban siempre que “la fruta no es postre”.

Pasaron los años, universidad, trabajos, matrimonios. La fuente de cristal se quebró y me traje el plato de torta a los Estados Unidos, donde lo tengo de adorno en el living.

No tengo talento para la pastelería y solo algunos postres de leche me salen bien, entre ellos, el budín de chocolate. Es una forma de poner sabor a la nostalgia al estar lejos de mi tierra natal. 


martes, 9 de marzo de 2021

Jenni Rivera, Tragedia y Machismo

 

Esfuerzo, sobrevivencia, talento. Palabras que describen a la malograda cantante de rancheras, Jenni Rivera. Nacida en Long Beach, California, su vida fue una mezcla de éxitos profesionales y amores tormentosos, siempre bajo la amenaza de perder a sus cinco hijos. Madre soltera a los quince años, no tardó en convertirse en un ícono de la hembra Latina, capaz de sonreír y cantar, aunque el dolor carcoma el alma. Admirada por las mujeres, deseada por los hombres, falleció en diciembre del 2012 a los cuarenta y tres años. El desplome del avión privado que la conducía desde Monterrey a ciudad de México detuvo su corazón, pero la despertó en el mito popular. Hoy, la animita que recuerda el sitio el accidente, cuenta  con flores, juguetes y mariposas, símbolo de su transformación de víctima a triunfadora.

Como si sospechara su prematuro fin, la cantautora dedicó años a escribir su autobiografía titulada: “Inquebrantable: Mi historia, a mi manera”, la que fue publicada póstumamente en el 2013. El libro es la base de la serie realizada por Telemundo y que hoy circula en Netflix, “Mariposa de barrio”, canción donde ella resumió su áspero camino entre el dulzor y la amargura. 

Familia ejemplar, pero…

Los padres de Dolores Janney Rivera se criaron en México, en las zonas agrícolas de Sonora y Jalisco. Pedro Rivera tenía dieciséis años y Rosa Saavedra, quince cuando se casaron. En 1968 emigraron a California donde nació Jenni, la tercera de seis retoños. Pedro y Rosa unieron su talento musical y su capacidad de trabajar duro para instalar una tienda de discos y cassettes, la que evolucionó a “Cintas Acuario”. Al estudio llegaban los aspirantes a “reyes de la ranchera” para grabar sus “demos”. El servicio incluia la promoción en las radios, revistas y festivales hispanos en los Estados Unidos, además de la frontera y el norte mexicano.

Desde niña, Jenni demostró facilidad para cantar y componer. Sin embargo, una mala experiencia en un concurso infantil, le creó inseguridad. Así, sus talentosos hermanos Lupillo, Juan y Gustavo se lanzaron con gran éxito en el mercado Latino. Eran tiempos en que las rancheras competían armoniosamente con el furor de las salsas centroamericanas. Entre 1980 y el 2000, el negocio discográfico todavía era rentable, abundante de fans y compradores.   

El freno del machismo

A los quince años Jenni quedó embarazada. Fue presionada por su novio José Trinidad Marín, quien era un veinteañero poco educado y dominante. Pese a que ella no quería seguir en la relacion, su propia madre la obligó a irse a vivir a la casa del novio. Para Rosa, la llegada de un hijo obligaba al matrimonio. Desde 1984 hasta 1992 Jenni vivió una pesadilla con “Trini”. Los celos, la violencia doméstica y las apasionadas reconciliaciones estaban a la orden del día. Pese a su depresión, la joven se las arregló para trabajar, estudiar y diplomarse como administradora de empresas. Cuando intentó suicidarse, los Rivera la apoyaron para que dejara a su esposo. Libre y tranquila, logró certificarse como corredora de propiedades. Le fue bien  y pudo comprarse una casa modesta. Empeñado en subirle el ánimo, Pedro Rivera la impulsó a grabar un disco y a cantar en los festivales locales. Su estilo gustó, pues tenía carisma con el público. Lamentablemente, se topó con la barrera de los “machos rancheros”. Las féminas que deseaban cantar en vivo debían tener más belleza que voz. Sufrió humillaciones y fue tratada de “gorda”. Estuvo a punto de rendirse, pero sus hermanos se turnaron para protegerla y aplaudirla. 

Pese a los cuidados, una noche fue violada a la salida de uno de los clubes en los que cantaba. Ocurrió justo cuando “Trino” la amenazaba con quitarle a sus hijos. Según el ex marido, ser cantante era lo mismo que ser prostituta. Temerosa de que los tribunales le dieran la razón a José Trinidad, guardó silencio. Además, tenía miedo de que su segundo cónyuge, Juan López, la culpara de provocar el ataque sexual. Del tema habló por primera vez durante una entrevista que le hizo Don Francisco en Miami, en el 2001. Esa terrible experiencia inicia su libro de memorias.   

Dejó de cantar

1997 fue un pésimo año para su vida personal. En medio de las peleas con su primer esposo e infidelidades del segundo, su hermana Rosa y sus dos hijas le confesaron haber sido abusadas por José Trinidad. La denuncia policial fue ratificada por los médicos forenses. Esta cruda realidad dividió a la familia. Algunos miembros se negaban a creer en las niñas. El acusado se escapó a México y recién pudo ser encarcelado en el 2007 (le dieron 31 años).

Golpeada en lo más profundo, Jenni abandonó el canto cuando sus éxitos “La Chacalosa” y “Las Malandrinas” subían en popularidad hasta ser nominada al Premio Latin Grammy en el 2002. Ambas canciones (de las que ella era autora) buscaban empoderar a la mujer en un mundo masculino. Después de dos años, impulsada por los Rivera, retornó a los escenarios. Desde entonces, solo éxitos se sumaron en su carrera. Se casó por tercera vez, pero emocionalmente ya estaba herida. En el fondo, ninguna de sus parejas la aceptó como mujer fuerte y luchadora. Por eso, hasta su muerte, Jenni apoyó a organizaciones contra la violencia doméstica. Su hermana Rosa estudió leyes para defender a las mujeres del siglo XXI. Quedó en el legado de una soñadora. 

(María del Pilar Clemente B.)