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viernes, 9 de julio de 2021

¿Una Escultura para Representar a la Mujer Chilena?


La mujer chilena será representada por una escultura que acaba de ganar una convocatoria público-privada. Así, el colectivo conformado por las artistas Josefina Guilisasti, Cecilia Puga, Paula Velasco y Bárbara Barreda, dispondrán de seis meses para levantar su obra en el Parque de Los Reyes, en Santiago. Hasta ahí, todo bien. El problema es el objetivo del concurso: “Visibilizar el valioso aporte de las mujeres al desarrollo de nuestro país y mostrar su amplia diversidad”.


La mega-escultura de 9,5 metros de alto, 13,5 metros de largo y 8,5 metros de ancho abre la pregunta si realmente cumple con la finalidad solicitada. Con buena voluntad es posible imaginar que una red entretejida por tubos de acero tiene algo de tapiz femenino.  El diseño, que permite ingresar a su interior a los visitantes, se puede interpretar como la esencia de un útero o un frío abrazo cordillerano. Lo cierto es que el “valioso aporte” a la “diversidad” de nuestras coterráneas no se aprecia en la obra, aunque sin duda, refleja el trabajo colectivo de las autoras. Entonces, ¿Se trata de una celebración al gran esfuerzo creativo de las artistas o de una representación intimista y universal de la mujer chilena?.


No culpemos al jurado. Importantes artistas analizaron las cincuenta propuestas antes de tomar la decisión. Los organizadores son también prestigiosos: El Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, el Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), la Municipalidad de Santiago y el Capítulo Chileno del Museo Nacional de la Mujer en las Artes (NMWA). Hasta ahí todo bien. Lo que parece no funcionar es el “tema representativo”. Es decir, se presupone la idea de mujeres chilenas representadas y acogidas. ¿Se cumple dicho objetivo?. 

Como a los artistas plásticos  el tema no les “hace ruido”, invitamos a seis miembros del Comité de Mujeres Escritoras del PEN  Chile para saber si se sienten representadas desde las letras.


Opiniones desde las letras


Cristina Wormull


Cristina Wormull señala: “Discrepo con el concepto implícito para definir lo femenino. También, con que se deba realizar un homenaje a la mujer. Es similar a celebrar el Día de la Madre, ensalzando sus virtudes hasta el empalagamiento, en desmedro de sus otras cualidades, las que son opacadas ante una imagen de madre virginal y santa”.

Wormull agrega que a nadie se le ocurriría hacer una escultura en homenaje a los hombres de Chile. “El mero hecho de idear una escultura en honor del género femenino es un insulto, una mirada machista y paternalista de la mujer”. 

Para la escritora, el país está en deuda con destacadas féminas, como por ejemplo, la primera mujer médico de Chile y Sudamérica, Eloísa Díaz; Elena Caffarena y su aporte a la integración política y social de la mujer; María Luisa Bombal, tremenda escritora (quién además de no recibir el Premio Nacional de Literatura, fue muy ninguneada por sus colegas varones). Menciona también a Gladys Marín, Olga Poblete y a tantas otras.

“Realizar una obra artística en honor a la Mujer Chilena es lo mismo que el monumento al Roto Chileno, paternalismo y feudalismo”.


Virtuosismo, buena técnica, pero…


Yasmín Navarrete

Cecilia Almarza


Yasmín Navarrete, Física de profesión, poeta e integrante del Comité de Mujeres Escritoras, manifestó que la escultura ganadora puede ser un buen ejemplo de virtuosismo, técnica y materiales, pero el conjunto resulta abstracto y poco apegado a las raíces de lo femenino. Al respecto, explicó: “No me siento representada por la obra. Creo que un ingeniero podría apreciar mejor su calidad. Sin embargo, en cuanto al simbolismo de lo femenino, la calidez, afecto, fortaleza y lucha irrevocable, sólo los colores se acercan a dichas cualidades”. 


Para Navarrete, los organizadores desaprovecharon la oportunidad de la contingencia social respecto al género y al sentido de lo femenino: “Ya que será instalada en el Parque de los Reyes, se pudo contemplar mejor el contexto natural para conectar con la naturaleza, las raíces, lo cíclico y el misterio mismo de la vida, de la madre Tierra y de los espacios orgánicos, pero al menos, abre una discusión”.


La poeta Cecilia Almarza confiesa sentir escalofríos ante tan fría estructura metálica: “A esa red le falta alma. Parece chiste pero presenta una mirada demasiado neoliberal. Le falta tierra, hembra originaria, emoción, fuerza, fuego, en suma, le falta mujer. Como diría la escritora nicaragüense, Gioconda Belli, le falta cuidadanía”.  


Alejandra Faúndez, escritora y encargada de estudios de género, señala que la escultura le parece muy conceptual: “demasiado abstracta en un contexto en que las mujeres han dado muestras de mucha resiliencia y capacidad de gestión y luchas  en los hogares y en la calle. Pienso que el arte debería mostrar a la mujer en su contexto actual”. 


Alejandra Faúndez



Se alza hacia las nubes


Muy distinta es la opinión de Carmen Tornero: “Me parece notable esta enorme obra de arte confeccionada por manos femeninas. Me impresiona verla alzarse hacia las nubes en un material tejido en cálidos rojos. Una rigidez ablandada por las caricias de manos femeninas, reflejo de la firmeza y creatividad de nuestra escultoras”.

La escritora se califica poco erudita en artes plásticas, pero gran amante de la belleza y de la estética. Agrega: “Me complace esta mujer de erguida con la frente en alto. Ella no solo refleja a las féminas de nuestro país, sino que a las figuras del género  en cualquier parte del mundo. No importa si me representa o no. Eso es lo de menos. Lo importante será lo que sienta quien se detenga a admirarla”. 


María Violeta Güiraldes piensa parecido: “El monumento es bonito y la elección desde el punto de vista estético me parece bien. Reconozco que es una expresión muy moderna para que yo, que pertenezco a una generación más antigua, me sienta representada o vea en ella a una mujer. En todo caso, al leer el análisis que hicieron para preferirla, calza con mi forma de apreciar lo femenino”. 


Carmen Tornero

Violeta Güiraldes




Hombres y mujeres no son reflejados por igual


Blanca del Río, escritora y ex presidenta de PEN Chile, reflexiona sobre los homenajes artísticos otorgados a varones y mujeres en los espacios públicos chilenos. “Un catastro realizado por el Consejo de Monumentos Nacionales revela que de las 621 estatuas, bustos y placas conmemorativas, solo el 4,7% correspondes a mujeres (57% a hombres y 38% a batallas o eventos históricos). En el caso de Santiago, solo seis monumentos corresponden a Gabriela Mistral, nuestro Premio Nobel. Sin embargo, no son atractivos. Se tiende a presentarla  como una adusta profesora, vestida de gris o de negro, dedicada a los niños, aunque su obra es mucho más trascendente”. 


Del Río explica que la misma invisibilidad se da en los nombres de las calles. “El feminismo y la perspectiva de género han problematizado esta desigualdad en el espacio urbano a la hora de diseñar y construir las ciudades. Han intentado entregar una nueva mirada sobre las luchas y logros de las mujeres a través del espacio público  y digital”. 


En cuanto a la escultura ganadora, comenta que si bien el colectivo de artistas que la creó dice reflejar las tensiones o miedos exteriores ancestrales, frente al espacio interior protegido, que sería una nueva forma de habitar, lo cierto es que su diseño parece haber sido concebido para un museo o para un público selecto: “Me refiero a que no permite al ciudadano común ni a escolares o estudiantes, imaginar y visibilizar la participación de las mujeres en el desarrollo socio-económico, político y cultural de Chile. Tampoco trasciende su función de gestación-creación y maternidad  ni en su aporte creativo en el seno de su comunidad y en la literatura chilena”. 



Blanca Del Río


jueves, 10 de junio de 2021

Ahue Mahatu, mi corazón llora y canta


 

Isla de Pascua, 1961

 

-¡Llegó la Marcoyora!

La niña (a la que todos llamaban Clara Pao) trepó a una roca y observó el barco en el horizonte de circularidad infinita. No corrió hacia la caleta junto a los demás, aunque sentía curiosidad por conocer a la Marcoyora, la Margot cantora. Había escuchado a las madres narrar la historia de María Ignacia Paoa y de cómo la Marcoyora había logrado que danzara Sau Sau en un escenario gigante, de cortinas rojas y lámparas de cristal. Muy diferente al humilde galpón donde la Armada proyectaba películas que tenían el color de las noches de luna. Según las madres, gracias a la Marcoroya, los chilenos del “conti” habían apreciado el valor de los Rapa Nui. Aquel triunfo era una señal de que el futuro podía ser diferente a los tenebrosos tiempos de la “Compañía explotadora”. Clara Pao quiso saber más de esa época, pero los mayores le explicaron que los recuerdos dolorosos enfermaban a los Aku Aku y cuando las almas de los ancestros se enferman, los sueños salen malos.

Sobre la cubierta del Presidente Pinto, Margot mantenía la vista en los botes que se aproximaban para llevar a tierra a los viajeros. Después de siete días en alta mar, la niebla vestía a los volcanes dormidos con transparencias de novia. Deseó que Felipe Riroroco Teao estuviera en alguna de esas casitas de colores que se perfilaban en la bahía. Sabía que era imposible, porque el capitán le había contado que estaba cumpliendo tareas de marinero en el Chile austral. Margot había aprendido de los campesinos, que los deseos hacen que las cosas se vayan encadenando hasta ocurrir. Diez años atrás, cada eslabón se había unido para que conociera a Felipe en un hospital. Necesitaba alojamiento y ella se lo había dado. Así, a través de aquel marinero fornido y de corazón musical, había conocido antiguas canciones Rapa Nui. Gracias a Felipe, ella se encontraba ahora en aquel territorio insular, tan poco comprendido por muchos  chilenos que reducían el folclore a las empanadas, el rodeo y la cueca.

Por su edad, era la tercera vez que Clara Pao estaba presente en el arribo anual del buque. Como siempre, escuchó a los mayores hablar de los documentos. Clara Pao se preguntó porqué parecían ser tan importantes. Soñó que los documentos eran collares con poderes especiales. Quizás permitían volar o sanaban a los enfermos que estaban al otro lado de Hangaroa. Posiblemente, permitían ir a conocer el “conti”, pues era difícil salir de la isla. Todos sabían que Felipe Riroroco Teao se había inscrito en la Armada para atravesar el horizonte de circularidad infinita. Después, lo había seguido María Ignacia Paoa, por ser la reina del Sau Sau.  

Margot abordó el bote de los Pakarati, quienes  le había ofrecido hospitalidad. Cuando llegó a la orilla, todos querían abrazarla y darle algún regalo. En la atmósfera flotaba el delicioso aroma de los asados en piedra caliente. Las mujeres Pakarati la mimaron con jugos de fruta y arreglaron su cabellera con adornos de hojas de piña. Así comenzaron las celebraciones y el intercambio de conocimientos. Margot quería aprender, comprender cada baile, letra y canción. Entonces, vio a una niña de frágil apariencia, escondida detrás de un bananero. Le hizo señas para que se acercara y le preguntó su nombre. Cuando ella se lo dijo, agregó:

-Bien, Clara Pao. ¿Dime que te gusta hacer?

La niña lo pensó. No era buena para danzar, cocinar, tejer ni cantar. Al final, respondió:

-Me gusta contar sueños.

Todos aplaudieron. Margot la miró a los ojos e indagó:

-¿Y tú con qué sueñas?

-Con que los moais un día se van a levantar.

 Algunos rieron, otros creyeron. El corazón de Margot latió con esa misma mezcla de dolor y felicidad con que despidió a Felipe en el muelle de Valparaíso. Aquel día, a bordo del Presidente Pinto se encontraba una comitiva científica y académica destinada a acompañar al escritor de la loca geografía, Benjamín Subercaseaux en su misión de redactar un informe para el desarrollo de Isla de Pascua. Mirando a la niña soñadora, Margot evocó el optimismo que reinaba en aquel muelle, los guitarreos, las palmas al viento, la complicidad de Felipe Riroroco y del sargento de aviación Rapa Hango, enriqueciendo las tonadas con sus  ritmos polinésicos. Tuvo la certeza de que los deseos de esa delicada pequeña se irían encadenando hasta ocurrir. Un día, los gigantes caídos elevarían sus ojos pétreos al cielo y los isleños serían admirados en todo el mundo. El secreto se lo había enseñado Felipe: Mientras el corazón-mahatu, se llene de risa, lágrimas y canto, dejaremos una huella en esta vida.   

NOTA: Realidad-ficción inspirada en la folklorista Margot Loyola, ganador del segundo lugar en el concurso convocado por el Museo Violeta Parra, la Biblioteca Nacional y la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva por los cien años de esta cantautora e investigadora de las tradiciones chilenas. 




martes, 9 de marzo de 2021

Jenni Rivera, Tragedia y Machismo

 

Esfuerzo, sobrevivencia, talento. Palabras que describen a la malograda cantante de rancheras, Jenni Rivera. Nacida en Long Beach, California, su vida fue una mezcla de éxitos profesionales y amores tormentosos, siempre bajo la amenaza de perder a sus cinco hijos. Madre soltera a los quince años, no tardó en convertirse en un ícono de la hembra Latina, capaz de sonreír y cantar, aunque el dolor carcoma el alma. Admirada por las mujeres, deseada por los hombres, falleció en diciembre del 2012 a los cuarenta y tres años. El desplome del avión privado que la conducía desde Monterrey a ciudad de México detuvo su corazón, pero la despertó en el mito popular. Hoy, la animita que recuerda el sitio el accidente, cuenta  con flores, juguetes y mariposas, símbolo de su transformación de víctima a triunfadora.

Como si sospechara su prematuro fin, la cantautora dedicó años a escribir su autobiografía titulada: “Inquebrantable: Mi historia, a mi manera”, la que fue publicada póstumamente en el 2013. El libro es la base de la serie realizada por Telemundo y que hoy circula en Netflix, “Mariposa de barrio”, canción donde ella resumió su áspero camino entre el dulzor y la amargura. 

Familia ejemplar, pero…

Los padres de Dolores Janney Rivera se criaron en México, en las zonas agrícolas de Sonora y Jalisco. Pedro Rivera tenía dieciséis años y Rosa Saavedra, quince cuando se casaron. En 1968 emigraron a California donde nació Jenni, la tercera de seis retoños. Pedro y Rosa unieron su talento musical y su capacidad de trabajar duro para instalar una tienda de discos y cassettes, la que evolucionó a “Cintas Acuario”. Al estudio llegaban los aspirantes a “reyes de la ranchera” para grabar sus “demos”. El servicio incluia la promoción en las radios, revistas y festivales hispanos en los Estados Unidos, además de la frontera y el norte mexicano.

Desde niña, Jenni demostró facilidad para cantar y componer. Sin embargo, una mala experiencia en un concurso infantil, le creó inseguridad. Así, sus talentosos hermanos Lupillo, Juan y Gustavo se lanzaron con gran éxito en el mercado Latino. Eran tiempos en que las rancheras competían armoniosamente con el furor de las salsas centroamericanas. Entre 1980 y el 2000, el negocio discográfico todavía era rentable, abundante de fans y compradores.   

El freno del machismo

A los quince años Jenni quedó embarazada. Fue presionada por su novio José Trinidad Marín, quien era un veinteañero poco educado y dominante. Pese a que ella no quería seguir en la relacion, su propia madre la obligó a irse a vivir a la casa del novio. Para Rosa, la llegada de un hijo obligaba al matrimonio. Desde 1984 hasta 1992 Jenni vivió una pesadilla con “Trini”. Los celos, la violencia doméstica y las apasionadas reconciliaciones estaban a la orden del día. Pese a su depresión, la joven se las arregló para trabajar, estudiar y diplomarse como administradora de empresas. Cuando intentó suicidarse, los Rivera la apoyaron para que dejara a su esposo. Libre y tranquila, logró certificarse como corredora de propiedades. Le fue bien  y pudo comprarse una casa modesta. Empeñado en subirle el ánimo, Pedro Rivera la impulsó a grabar un disco y a cantar en los festivales locales. Su estilo gustó, pues tenía carisma con el público. Lamentablemente, se topó con la barrera de los “machos rancheros”. Las féminas que deseaban cantar en vivo debían tener más belleza que voz. Sufrió humillaciones y fue tratada de “gorda”. Estuvo a punto de rendirse, pero sus hermanos se turnaron para protegerla y aplaudirla. 

Pese a los cuidados, una noche fue violada a la salida de uno de los clubes en los que cantaba. Ocurrió justo cuando “Trino” la amenazaba con quitarle a sus hijos. Según el ex marido, ser cantante era lo mismo que ser prostituta. Temerosa de que los tribunales le dieran la razón a José Trinidad, guardó silencio. Además, tenía miedo de que su segundo cónyuge, Juan López, la culpara de provocar el ataque sexual. Del tema habló por primera vez durante una entrevista que le hizo Don Francisco en Miami, en el 2001. Esa terrible experiencia inicia su libro de memorias.   

Dejó de cantar

1997 fue un pésimo año para su vida personal. En medio de las peleas con su primer esposo e infidelidades del segundo, su hermana Rosa y sus dos hijas le confesaron haber sido abusadas por José Trinidad. La denuncia policial fue ratificada por los médicos forenses. Esta cruda realidad dividió a la familia. Algunos miembros se negaban a creer en las niñas. El acusado se escapó a México y recién pudo ser encarcelado en el 2007 (le dieron 31 años).

Golpeada en lo más profundo, Jenni abandonó el canto cuando sus éxitos “La Chacalosa” y “Las Malandrinas” subían en popularidad hasta ser nominada al Premio Latin Grammy en el 2002. Ambas canciones (de las que ella era autora) buscaban empoderar a la mujer en un mundo masculino. Después de dos años, impulsada por los Rivera, retornó a los escenarios. Desde entonces, solo éxitos se sumaron en su carrera. Se casó por tercera vez, pero emocionalmente ya estaba herida. En el fondo, ninguna de sus parejas la aceptó como mujer fuerte y luchadora. Por eso, hasta su muerte, Jenni apoyó a organizaciones contra la violencia doméstica. Su hermana Rosa estudió leyes para defender a las mujeres del siglo XXI. Quedó en el legado de una soñadora. 

(María del Pilar Clemente B.)